LA enFERMEDAD holandesa Y su
neutralizaCIÓN:
un aCERCAMIENTO ricardianO
Luiz Carlos Bresser-Pereira
Agosto 2008
Abstract. The Dutch disease is a major
market failure originated in the existence of cheap and abundant natural or
human resources that keep overvalued the currency of a country for an
undetermined period of time, thus turning non profitable the production of
tradable goods using technology in the state-of-the-art. It is an obstacle to
growth on the demand side, because it limits investment opportunities. The
severity of the Dutch disease varies according to the extent of the Ricardian
rents involved, i.e., according to the difference between two exchange rate
equilibriums: the ‘current’ or market rate and the ‘industrial’ rate – the one
that make viable efficient tradable industries. Its main symptoms, besides
overvalued currency, are low rates of growth of the manufacturing industry,
artificially high real wages, and unemployment. Its neutralization requires
managing the exchange rate. The principal instrument for that is a sale or
export tax on the commodities that give origin to the Dutch disease. In
order to neutralize it policymakers face major political obstacles since it
involves taxing exports and reducing wages. Finally, this paper argues that
there is an extended concept of Dutch disease: besides having its origin in natural resources, it may arise
from cheap labor provided that the ‘wage spread’ in the developing country is
considerably larger than in the developed one – a condition that is usually
present.
El desarrollo económico sólo es posible si el país cuenta
con una tasa de cambio competitiva que estimule las exportaciones y las
inversiones. La evidencia empírica en relación a esta proposición es clara:
todos los países que se desarrollaron en el siglo XX, como el Japón, Alemania,
Italia, y más recientemente los países asiáticos dinámicos, contaron siempre
con tasas de cambio que facilitaban el desarrollo de la industria
manufacturera. Estudios econométricos recientes han confirmado este hecho.(1) Por otro lado, la teoría económica
enseña que los países en desarrollo deberían crecer más rápidamente que los
ricos, o sea, deberían estar en proceso de catching
up (de alcance), porque aquéllos cuentan con mano de obra más barata para competir
internacionalmente y porque pueden imitar y comprar tecnología a costo
relativamente barato. Se confirmó, también, para una parte de los países
latinoamericanos entre 1930 y 1980. Sin embargo, desde 1980, en la mayoría de
los países en desarrollo, inclusive, en los latino-americanos, las tasas de
crecimiento por habitante son inferiores a las que prevalecen en los países
ricos. Probablemente una de las razones más importantes de ese resultado es la
enfermedad holandesa – o sea, la sobre apreciación crónica de la tasa de cambio
causada por la abundancia de recursos naturales y humanos baratos, compatibles
con una tasa de cambio inferior a la que haría viables a las demás industrias
de bienes comercializables. No es posible decir con certeza que sea el
principal obstáculo para el crecimiento económico de los países en desarrollo
–y especialmente para los de renta
media, que están en condiciones del lado de la oferta para realizar el catch up– aunque difícilmente encontremos otro tan
fuerte.
La enfermedad holandesa es un obstáculo del lado de la
demanda, al tornar inviables inversiones aún en las empresas que dominan la
respectiva tecnología. La teoría económica convencional tiende a pensar en el
crecimiento económico sólo en términos de oferta, concentrando su atención en
la educación, en la mejoría más general del capital humano, en el desarrollo
científico y principalmente tecnológico, en la innovación y en las inversiones
en máquinas que aumentan la productividad del trabajador. De hecho, no hay desarrollo sin mejora de la
capacidad y de la eficiencia productiva, o sea, sin aumento del volumen y de la
calidad de la oferta de bienes y servicios. Sin embargo, como Keynes y Kalecki
demostraron de forma clásica, la demanda no es creada automáticamente por la
oferta y puede constituirse en obstáculo esencial para el crecimiento
económico. El enorme desempleo de recursos humanos que existe en casi todos los
países en desarrollo, que presentan tasas de crecimiento insatisfactorias, no
deja duda respecto de que el problema principal frecuentemente está del lado de
la demanda y no de la oferta. En la demanda, constituida por el consumo, las
inversiones, los gastos públicos y el saldo comercial, las variables claves son
las inversiones y las exportaciones porque son las que pueden ser aumentadas
sin incurrir en costos de disminución del ahorro, como es el caso del consumo,
del desequilibrio fiscal, o del gasto público. Ellas no sólo representan
directamente demanda cuando hay saldo en las transacciones comerciales sino
que, más allá de ello, estimulan su variable
principal (las inversiones) que opera tanto del lado de la oferta como
de la demanda.(2) Las exportaciones son, así, estratégicas para resolver el
problema de la insuficiencia de la demanda, o del desempleo.
Cuando un país todavía es ‘pobre’, o sea que no concretó su
Revolución Industrial, tal vez siquiera su acumulación primitiva, no contando
con capacidad de invertir, ni con una clase de empresarios y de profesionales
de clase media que conduzcan la inversión, todavía estará en el circulo vicioso
o en la trampa de la pobreza, y el problema probablemente se situará
principalmente del lado de la oferta. Cuando, en cambio, ya superó esa etapa,
generalmente gracias al hecho de haber aprovechado sus recursos naturales para
iniciar una actividad capitalista de exportación, y se transformó en un país de
renta media, el principal obstáculo para el desarrollo económico generalmente
se situará del lado de la demanda: habrá
insuficiencia crónica de oportunidad de inversiones lucrativas en los sectores
productores de bienes comercializables, su principal causa será la tendencia a
la sobre apreciación de la tasa de cambio que existe en los países en
desarrollo. Esta tendencia, a su vez, generalmente tendrá como principal causa
la enfermedad holandesa.
La tasa de cambio, que muchos piensan que es sólo uno de los
precios macroeconómicos, es en realidad la variable principal a ser estudiada por la
macroeconomía del desarrollo económico, ya que desempeña un papel estratégico
en el crecimiento económico. Existiendo del lado de la oferta condiciones –y no
se las debe descuidar – es necesaria una tasa de cambio relativamente
depreciada para que haya crecimiento constante de las exportaciones y, en
consecuencia, oportunidad para inversiones lucrativas. Es por eso que los
países que se desarrollan rápidamente y concretan el catch up generalmente tienen una tasa de cambio competitiva. Esto
aconteció, principalmente, con el Japón, con los demás países asiáticos
pequeños y finalmente con la
China y la India. Todos
ellos siguen una regla básica: “en la duda, elíjase la política económica que
garantice el cambio más depreciado”. Todos esos países usaron la tasa de cambio
competitiva. Cuando algunos de ellos (Tailandia, Corea del Sur y Malasia), en
los años 1990, abandonaron esa política y aceptaron la recomendación de la
ortodoxia convencional de crecer con ahorro externo, apreciando su tasa de
cambio, el resultado fue la crisis de la balanza de pagos – que luego los llevó
a revertir a la política macroeconómica, habitual para esos países, de ajuste
fiscal rígido, bajas tasas de intereses y tasas de cambio competitivas (Lauro
González, 2007). La política de administrar la tasa de cambio e impedir su
apreciación, neutralizando la enfermedad holandesa, está presente en los países
asiáticos dinámicos, no en los de Oriente Medio, África y América Latina.(3)
Esta diferencia quizás pudiera ser explicada por variables como la competencia
técnica y el rechazo al populismo económico, pero también se debe al hecho de
que los países asiáticos disponen, paradójicamente, de una ‘ventaja’ en
relación a los demás: poseen recursos naturales relativamente escasos, de modo
que no están sujetos a la enfermedad holandesa clásica o restringida, o aún
cuando los tienen en forma abundante, como es el caso de Tailandia y de
Malasia, no basaron su crecimiento en su explotación.(4) Podemos siempre
atribuir el crecimiento insuficiente de los países de renta media a los
problemas políticos o institucionales, pero en casos como los del Brasil o
México, que entre 1930 y 1980 realizaran el catch
up, ese argumento no tiene sentido: no existen nuevos hechos históricos
institucionales que justifiquen la afirmación de que sus moldes institucionales
empeoraron. Por el contrario, se transformaron en democracias con mejores
instituciones. Existen, sin embargo, dos hechos nuevos o razones principales
que explican por qué países de renta media, como esos dos, que crecieron mucho
en el pasado, no lo están haciendo actualmente en forma suficiente. Por un
lado, hubo una sustancial reducción de las inversiones públicas. Por otra parte
esos países, desde el final de los años 1980, dejaron de neutralizar la
tendencia a la sobre apreciación de la tasa de cambio causada, principalmente, por la enfermedad
holandesa.
Son tres los argumentos básicos de este trabajo. El primero,
es que la enfermedad holandesa es el principal factor determinante de la
tendencia a la sobre apreciación de la tasa de cambio, es una grave falla de
mercado consecuencia de la existencia de rentas ricardianas que pueden
debilitar la economía del país por tiempo indeterminado. El segundo, es que es
posible neutralizar esa enfermedad mediante la administración de la tasa de
cambio y principalmente la creación de un impuesto sobre las ventas que
desplace su curva de oferta para arriba. El tercero, es que la enfermedad
holandesa no deriva solamente de los recursos naturales, sino también de la
mano de obra barata, dado que el abanico salarial, o sea, la diferencia entre los
salarios de los trabajadores y de los ingenieros o administradores en las
fábricas, es sustancialmente mayor en el país que sufre la enfermedad que en
los países ricos.
La enfermedad holandesa es una grave falla de mercado que,
cuando no está debidamente neutralizada, se transforma en un obstáculo
fundamental para el crecimiento económico. Es una falla de mercado resultante
de la existencia de recursos naturales baratos y abundantes usados para
producir commodities (y de la posible elevación de los precios de las
mismas), que son compatibles con una tasa de cambio más apreciada que la
necesaria para tornar competitivos a los demás bienes comercializables. Al
utilizar recursos baratos, las respectivas commodities causan la
apreciación de la tasa de cambio, porque pueden ser rentables a una tasa más
apreciada que la necesaria para los otros bienes comercializables, producidos
con la mejor tecnología disponible en el
mundo. Los recursos son ‘baratos’ porque dan origen a rentas ricardianas para
el país, en otras palabras, sus costos y correspondientes precios, son menores
que los existentes en el mercado internacional, los cuales son determinados por
el productor marginal menos eficiente admitido en ese mercado. La enfermedad
holandesa, además, no es el único factor que cause una tendencia general que
propongo existe en las economías en desarrollo: a la sobre apreciación de la
tasa de cambio. Una serie de factores, algunos de mercado, otros derivados de
estrategias propuestas por los países ricos, están por detrás de esa tendencia
que dificulta o no torna viable la industrialización y el crecimiento de los
países en desarrollo. Entre ellos consignamos a la mayor rentabilidad de las
inversiones en éstos países atrayendo capitales externos y presionando la tasa
de cambio para abajo; la propuesta de ‘profundización financiera’, o sea, el
aumento de las tasas de interés en los países en desarrollo para atraer
capitales externos; el populismo cambiario practicado por políticos
irresponsables, basado en una tasa de cambio apreciada; la tentación de usar la
apreciación del cambio para controlar la tasa de inflación; así como la
política de crecimiento con ahorro externo, propuesta por los países ricos a
los países en desarrollo, que termina en déficit en cuenta corriente.(5) La
mayor rentabilidad de las inversiones en los países en desarrollo es una
condición estructural relacionada con la escasez de capital; el populismo
cambiario es la contrapartida del populismo fiscal. Mientras que en éste último
la organización o el artefacto del Estado gasta más de lo que recauda,
incurriendo en déficit públicos crónicos e irresponsables, en el populismo
cambiario el Estado-nación, es el que gasta más de lo que recauda incurriendo
en déficit crónicos en cuenta corriente,(6) aumentando la tasa de interés, en
nombre de la ‘profundización financiera’, o usando anclas cambiarias para
controlar la inflación y principalmente la política de crecimiento con ahorro
externo. Todas éstas son políticas de la ortodoxia convencional recomendadas insistentemente
a los países en desarrollo. Todos esos factores son también importantes y están
correlacionados entre sí, y ya los discutí en otros trabajos.(7)
La enfermedad holandesa es una falla de mercado que alcanza
a casi todos los países en desarrollo y puede obstaculizar su industrialización
de manera permanente, sin control del mercado, ya que éste converge hacia una
tasa de cambio de equilibrio de largo plazo causada por aquélla enfermedad. De
hecho, como veremos más adelante, la enfermedad holandesa es, en el largo
plazo, consistente con el ‘equilibrio’ de las cuentas externas del país, o sea,
con una cuenta corriente sin déficit –algo que no ocurre en relación al
populismo cambiario y a la política de crecimiento con ahorro externo que tiene
su límite a mediano plazo en la crisis cambiaria. Para discutir la enfermedad
holandesa, en primer lugar la definiré de manera convencional como relacionada
con la abundancia de recursos naturales baratos; en segundo lugar indicaré las
circunstancias que nos permiten diagnosticarla ; tercero, mostraré que no se
limita a los países productores de petróleo, ya que países como el Brasil sólo
lograron industrializarse en la medida en que fueron capaces de neutralizar los
efectos causados por las exportaciones de café y otros productos basados en
recursos naturales: No es necesario que la producción de las commodities
que le dan origen tenga un bajo valor agregado per capita. La industria
del petróleo, por ejemplo, tiene alta productividad por trabajador, y el valor agregado
per capita en las agriculturas intensivas en capital ha aumentado
extraordinariamente: sino que los sectores exportadores no tengan capacidad
para emplear a toda la población del país conjuntamente con la producción de
bienes no comercializables internacionalmente. A continuación discutiré el
‘concepto ampliado de enfermedad holandesa’ que se aplica también a países como
la China que, a
pesar de no disponer de tantos recursos naturales o no utilizarlos tan
intensamente, en su proceso de crecimiento, tiene sin embargo mano de obra
barata. En este caso la neutralización de la enfermedad holandesa o la
administración de la tasa de cambio, es fundamental para que pueda darse la
transferencia de mano de obra desde los sectores de mano de obra barata que,
por definición, tienen bajo valor agregado per capita a sectores con
alto contenido tecnológico y por eso mismo pagan mayores salarios promedios.
Concepto
La enfermedad holandesa o la maldición de los recursos
naturales, es la sobre-valoración crónica de la tasa de cambio de un país,
causada por la explotación de recursos abundantes y baratos cuya producción
comercial es compatible con una tasa de cambio claramente menor que la tasa de
cambio media que viabiliza a sectores económicos de productos comercializables
que utilizan state-of-art (tecnología de avanzada). Conforme lo
destacaron Corden y Neary (1982), se trata de un fenómeno estructural que
provoca des-industrialización. Algunos autores (Baland y François, 2000; Sachs
y Warner, 1999 y 2001; Torvik, 2002; Larsen, 2004) distinguen la enfermedad
holandesa de la maldición de los recursos naturales: mientras que la primera
sería una falla de mercado, la segunda sería consecuencia de la corrupción o
del rent seeking que la abundancia de esos recursos proporciona en países
dotados de una sociedad atrasada y de instituciones débiles. Aunque el problema
de la corrupción exista en todos los países y sea más grave en países pobres y
ricos en recursos naturales, no discutiré aquí esa cuestión y no diferenciaré
los dos conceptos, porque por un lado la corrupción no es un problema económico
sino penal, y por otro, porque el énfasis en ese aspecto de la economía
política implica dejar de considerar el fenómeno económico propiamente dicho.
La enfermedad holandesa es compatible con el equilibrio
ínter-temporal de las cuentas externas, pudiendo, por lo tanto, producir
efectos negativos por tiempo indefinido. Es una falla de mercado porque el
sector productor de bienes intensivos en recursos naturales genera una externalidad
negativa(8) sobre los demás sectores de la economía impidiendo que se
desarrollen, aunque usen state-of-art (tecnología de avanzada). Es una falla de
mercado que implica la existencia de una diferencia entre la tasa de cambio que
equilibra la cuenta corriente (que es la tasa de mercado) y la tasa de cambio
que viabiliza sectores económicos eficientes y tecnológicamente sofisticados
(que es la tasa que la teoría económica prevé hace viables a los sectores
eficientes, cuando los mercados son competitivos). Es una falla de mercado que
puede ser corregida por la administración de la tasa de cambio que incide sobre
los bienes exportados por el país que usa recursos naturales que le dan origen
por medio, principalmente, de un impuesto o contribución sobre las ventas de
esos bienes. Solamente cuando se dé la neutralización de la enfermedad
holandesa el mercado podrá desempeñar su papel de emplear los recursos de forma
eficiente y estimular la inversión y la innovación. La enfermedad holandesa es
un problema antiguo, pero recibió ese nombre porque sólo fue identificada en
los años 1960, en Holanda, cuando sus economistas verificaron que el
descubrimiento de gas natural y su exportación aumentaba el precio de la tasa
de cambio y amenazaba con destruir toda su industria. Recién en la década de
1980 aparecieron los primeros trabajos académicos sobre ella (Corden and Neary,
1982; Corden, 1984). Hasta hoy la literatura sobre el tema es escasa e
insuficiente.
La enfermedad holandesa lleva a una tasa de cambio que potencialmente
imposibilita la producción de bienes comercializables, que no usen los recursos
que le dan origen. Para que esto ocurra es preciso que un sector que utiliza
los recursos naturales del país, sea sustancialmente más productivo que ese
mismo sector en otros países, de modo de dar origen a rentas ricardianas –o
sea, que su precio en el mercado internacional es definido, por el productor
menos eficiente en el margen–, o cuyo precio derive del poder de monopolio. En
estos términos, la enfermedad holandesa es la falla de mercado que deriva de
rentas ricardianas, asociadas a la producción y exportación de un número
limitado de bienes producidos con aquellos recursos naturales. En su modelo,
Corden y Neary (1982) supusieron una economía con tres sectores, siendo dos de
ellos de bienes comercializables (el sector ‘booming’ o de recursos naturales,
y el sector ‘lagging’ o de la industria manufacturera) y un tercer sector de
bienes no comercializables. Sachs y Warner (2001), resumiendo la literatura
sobre la enfermedad holandesa, la explican por un choque de riqueza en el
sector de recursos naturales que crea exceso de demanda en el sector de
no-comercializables, implicando un cambio de los precios relativos. La
apreciación de la tasa de cambio se define por ese cambio de precios relativos,
favoreciendo a los bienes no-comercializables. En el modelo que presento aquí
esos tres sectores están presentes, pero el énfasis se pone directamente en la
tasa de cambio. El cambio de los precios relativos que causa su apreciación es
relacionado con el carácter ricardiano de las rentas que se dan en el sector
que utiliza recursos baratos –no sólo recursos naturales sino también, como
veremos, la propia mano de obra.
Mientras que en el modelo de Ricardo las rentas ricardianas
benefician sólo a los propietarios de las tierras más productivas, en el caso
de la enfermedad holandesa, en el corto plazo ellas benefician también a los
consumidores del país de que se trate, que compran bienes comercializables
relativamente más baratos. Mientras que en el caso del modelo clásico, la
tendencia de la economía es hacia la estagnación, en el caso de la enfermedad
holandesa ocurrirá la casi-estagnación del país. A diferencia del modelo de
Ricardo, sin embargo, es posible neutralizar la sobre apreciación que provocan
las rentas ricardianas transformadas en enfermedad holandesa. Cabe destacar que
las rentas ricardianas en el modelo que estoy presentando son del país, no
habiendo diferenciales de productividad entre los productores locales sino sólo
un diferencial de productividad del país en relación al precio internacional (o
sea, de la media de los productores locales en relación a los de los demás
países). Si existieren diferenciales de productividad, habrá también rentas
ricardianas entre los productores, en la medida que la tasa de cambio tienda a
converger hacia la que hace factible al productor local más ineficiente.
Cuando la enfermedad holandesa existe, los bienes producidos
con state-of-art (tecnología de
avanzada) no son viables económicamente
en un mercado competitivo. Si, considerados los demás factores de
competitividad equiparados, una empresa de alta tecnología se instala en un
país que padece esa enfermedad, sólo será viable si su productividad fuera
superior a la lograda por los demás países competidores, en un grado igual o
mayor que la apreciación causada por la enfermedad. Este hecho nos permite
concluir que en los países que sufren la enfermedad holandesa existen dos tasas
de cambio de equilibrio: la tasa de cambio de equilibrio ‘corriente’ – que
equilibra inter-temporalmente la cuenta corriente de un país, y es por lo tanto
también la tasa de mercado, a la cual el mercado debe converger; y la tasa de
cambio de equilibrio ‘industrial’ – que posibilita la producción de bienes
comercializables en el país, sin necesidad de aranceles y subsidios (se supone
que las demás condicionantes externas de la productividad de las empresas estén
equiparadas). En otras palabras, es la tasa de cambio que, en promedio, permite
que empresas que usan state-of-art (tecnología de avanzada) sean rentables o competitivas. En este
trabajo, esas dos tasas son siempre pensadas en términos nominales: no hay
necesidad de hablar de tasa de cambio real porque lo importante es sólo la diferencia
o la relación entre las dos tasas de equilibrio. Sin embargo, tendremos que
distinguir la tasa de cambio nominal de la tasa de cambio ‘efectiva-efectiva’,
entendiendo a esta última no sólo como el resultado del uso de una canasta de
monedas, en vez de una única moneda fuerte o de reserva para calcularla (en ese
caso, bastaría con un adjetivo ‘efectiva’), sino la tasa de cambio promedio que
toma en cuenta los aranceles de importación y los subsidios de exportación a
que el bien esté sujeto.
Si denominamos εc
a la tasa de cambio de equilibrio corriente, y εi
a la tasa de cambio de equilibrio industrial, en un país sin enfermedad
holandesa, las dos serán iguales:
εc = εi
en un país con la enfermedad holandesa, la tasa de cambio de
equilibrio corriente estará más apreciada que la tasa de cambio de equilibrio
industrial. Considerando que medimos la tasa de cambio como el precio de la
moneda local en relación a la moneda reserva, cuanto más competitiva, más alta
será la tasa, cuanto más apreciada, más baja la tasa de cambio.(9) En estos
términos, cuando hay enfermedad holandesa, la tasa de cambio de equilibrio
corriente será más baja que la tasa de cambio de equilibrio industrial:
εc < εi
La tasa de cambio de equilibrio corriente en el país
alcanzado por la enfermedad holandesa, está determinada por el costo marginal
en moneda nacional del bien que le da origen. Aquí se entiende por costo
marginal el de los productores menos eficientes que logran exportar. Ese costo
es igual al precio en moneda nacional por el cual todos los productores,
inclusive el marginal o menos eficiente necesita o acepta para poder exportar.
Cuando se da la enfermedad holandesa ese precio es sustancialmente menor que el
‘precio necesario’ – o sea, el que torna económicamente viable la producción de
bienes comercializables utilizando state-of-art (tecnología de avanzada). Por lo tanto, es un
precio inferior al necesario para que la tasa de cambio de equilibrio corriente
se iguale a la tasa de cambio de equilibrio industrial. En la medida en que ese
costo marginal interno es menor que el ‘precio necesario’ antes definido, y que
la participación de esta commodity en la pauta de exportaciones del país
es relevante, la tasa de cambio de mercado (que es también la tasa de cambio de
equilibrio corriente) converge hacia un nivel compatible con la rentabilidad de
aquella commodity, y no hacia un nivel
compatible con la competitividad de cualquier sector industrial que use state-of-art
(tecnología de avanzada). Cuanto menor sea el costo marginal y por lo tanto el
precio de mercado del bien exportado en relación al precio necesario, mayor
será la renta ricardiana y más se aprecia la moneda del país. Como las rentas
ricardianas realizadas varían de país en país, dependiendo de la productividad
que sus recursos naturales proporcionan, la enfermedad holandesa alcanza a los
países en diversos grados o intensidades. Cuanto mayor sea el diferencial de
productividad de cada producto que da origen a la enfermedad, en relación a su
precio necesario, mayor será la sobre apreciación de la moneda, y más grave
será la enfermedad holandesa.
Los factores que determinan el precio necesario de esa commodity
(siempre en moneda nacional) son, por un lado la productividad media de los
bienes comercializables que usan state-of-art (tecnología de avanzada) pero no se benefician de los recursos
naturales, la cual define la tasa de cambio de equilibrio industrial, y por
otro, las variaciones del precio internacional de esos bienes. En el caso de
existir una renta ricardiana (derivada de diferenciales de productividad y de
la existencia de un precio de mercado internacional correspondiente al
productor menos eficiente) el precio necesario será mayor que el de mercado, o,
en otras palabras, la tasa de cambio de equilibrio corriente será más apreciada
que la tasa de cambio de equilibrio industrial. Las rentas ricardianas gozadas
por cada país, al hacer que el precio de mercado sea menor que el precio necesario,
determinan la intensidad o la gravedad de su enfermedad holandesa. Vale
resaltar que la diferencia entre el precio real y el necesario debe ser
suficientemente grande y suficientemente constante para que se pueda hablar de
enfermedad holandesa. Si no, ella estaría presente siempre que hubiese alguna
ventaja comparativa, por lo tanto, siempre que haya comercio.
Definidos en estos términos, el precio de mercado, pm,
de la commodity será proporcional
a la tasa de cambio de equilibrio corriente, mientras que el precio necesario,
pn, será proporcional a la tasa de cambio de equilibrio industrial.
pn :: εc
pn :: εi
Dado un costo marginal o precio de mercado pn en
moneda nacional, y un precio internacional, px, la tasa de cambio de
equilibrio corriente, εc, será igual a pm/ px.
εc = pm/ px
La intensidad de la enfermedad holandesa podrá ser medida,
tanto por la relación entre la tasa de cambio de equilibrio corriente y la tasa
de cambio de equilibrio industrial de ese país, como por la relación entre el precio
de mercado y el precio necesario. Quedémonos con la segunda. En este caso, la
intensidad de la enfermedad holandesa, dh, será:
dh = [1 – (pm/ pn)] *
100
La intensidad de la enfermedad holandesa, por lo tanto, es
siempre
0 ≤ dh ≤ 1
Supongamos, por ejemplo, tres países: el país Z1 que explota
petróleo a un costo marginal o a un precio de mercado que corresponde al 20%
del precio que el producto debería tener en el caso de que la tasa de cambio
correspondiese a la de equilibrio industrial, o sea el precio necesario; Z2,
que todavía explota petróleo, pero cuyo costo marginal en relación al precio
necesario es de 50%, y el país Z3 que exporta una combinación de productos como
hierro, petróleo, etanol, madera, jugo de naranja y soja a un costo correspondiente
al 80% del precio promedio necesario. En estos tres casos, la intensidad de la
enfermedad holandesa será, respectivamente, 80, 50 y 20%.
Tanto en el país Z1 como en el Z2, la intensidad de la enfermedad holandesa
es de tal modo fuerte, su tasa de cambio es tan sobre apreciada, que no habrá
espacio para la producción de ningún otro bien comercializable
internacionalmente. Y el país Z3 puede mantener y hasta exportar si cuenta con empresas muy
eficientes.
Sin embargo, la intensidad de la enfermedad holandesa además
de variar de país en país, variará en cada país dependiendo del precio
internacional del bien o de los bienes que le dan origen. Cuanto más se eleven
los precios internacionales de una commodity, más apreciada será la tasa
de cambio de equilibrio corriente y más grave se tornará la enfermedad
holandesa. Para los bienes exportados por el país Z3, puede haber un gran
aumento de los precios internacionales debido, por ejemplo, a un aumento de la
demanda por esos bienes. En ese caso, supongamos que la tasa de cambio de
equilibrio corriente en ese país era de 2,20 y caiga a 1,90 unidades de la
moneda local por moneda de reserva, o sea, que pase a ser ya no el 80% sino el
69,1% de la tasa de cambio de equilibrio industrial. En ese caso, la enfermedad
holandesa se agrava, pasando de 20% a 30,9%.
En síntesis, suponiendo que para todos los países la tasa de
cambio de equilibrio industrial sea igual a un índice 100, cuanto menor ese
índice sea la tasa de cambio de equilibrio corriente, más grave será la
enfermedad holandesa. Esa gravedad o intensidad dependerá de las rentas
ricardianas, que a su vez dependerán del diferencial de productividad y de las
variaciones del precio internacional de los bienes.
Neutralización
Si consideramos no la posesión sino la explotación de
recursos naturales, aquellos países que más los explotaron, fueron los que
menos se desarrollaron. Desde la Segunda Guerra Mundial los países asiáticos no
exportadores de petróleo crecieron más que los latinoamericanos no exportadores
de petróleo y éstos crecieron más que todos los países en desarrollo
exportadores de petróleo. Ciertamente, muchos factores contribuyeron para
llegar a ese resultado, pero dado el peso de la enfermedad holandesa, podemos
generalizar afirmando que cuanto más grave sea la misma, menor será la
probabilidad de que los países la neutralicen con éxito. Evidentemente, era más
fácil neutralizar la enfermedad holandesa en Asia que en América Latina y más
fácil aún en los países no petroleros que en los petroleros.
La neutralización de la enfermedad holandesa involucra
siempre la administración de la tasa de cambio que, sin embargo, no es
incompatible con una tasa de cambio flotante. En términos de régimen cambiario,
la opción hoy razonablemente consensuada es la de un cambio flotante pero
administrado. La alternativa de un cambio fijo está hoy superada, pero esto no
significa que se deba o pueda dejar el cambio al gusto del mercado, o que se
pueda llamar ‘cambio sucio’ a la práctica generalizada de administrarlo. La solución
pragmática es rechazar la oposición ‘fix or float’, y administrar el cambio,
buscando impedir su apreciación, ya sea: a) a través del mantenimiento de una
tasa de interés bajo, a nivel interno; b) por la compra de reservas
internacionales; c) a través de la imposición de impuestos sobre los bienes que
generan la enfermedad holandesa; d) a través de la imposición de controles de
ingreso de capitales durante períodos transitorios. Las dos primeras medidas
son adoptadas por prácticamente todos los países aún cuando no reconozcan que
están administrando su tasa de cambio. La tercera sólo es necesaria para los
países que enfrentan la enfermedad holandesa. La cuarta medida se adopta sólo
en momentos de excesiva presión para la apreciación de la moneda local. La
teoría económica convencional naturalmente rechaza la idea de la administración
de la tasa de cambio. Los países que disponen de moneda de reserva
internacional son los que menos pueden administrar su tasa de cambio, porque
esto reduciría la confianza de los agentes financieros. Probablemente por eso
la teoría económica convencional le atribuye una importancia mucho menor a la
tasa de cambio que la que tiene, negándole la posibilidad de administrarla en el mediano plazo. Por esa misma razón
rechaza cualquier administración de la tasa de cambio que, según ella, sólo
impondría distorsiones al mercado. Asimismo; niega siempre, aunque
genéricamente que resulte posible la existencia de la enfermedad holandesa.
La neutralización de la enfermedad holandesa puede ser hecha
de manera completa, a través de dos medidas. Primero, por el establecimiento de
un impuesto o contribución sobre la venta de los bienes que le dan origen;(10)
que debe ser equivalente a la diferencia porcentual entre la tasa de cambio de
equilibrio corriente que brinda su costo más bajo y la tasa de cambio de
equilibrio industrial, que torna factible la existencia e sectores
comercializables en state-of-art (tecnología
de avanzada). Segundo, los recursos de ese impuesto no deberán ser internalizados,
sino usados para la constitución de un fondo internacional de activos
financieros, evitando que su entrada en el país reaprecie la tasa de cambio.
Esto fue, esencialmente, lo que hizo Noruega después de que descubrió y pasó a
exportar el petróleo del Mar del Norte. Gran Bretaña, que descubrió petróleo en
la misma época, no neutralizó la enfermedad holandesa y su economía sufrió las
consecuencias (Chatterji y Price, 1988). Chile también neutraliza de forma
adecuada la enfermedad holandesa al tasar pesadamente las exportaciones de
cobre. Pero esa neutralización es parcial ya que el ingreso del impuesto no es
destinado a la constitución de un fondo internacional. Todos los países
productores de petróleo tasan su exportación, pero en general, en un nivel insuficiente para neutralizar la enfermedad
holandesa. Usui (1998) estudió el caso de Indonesia y el de México y mostró que
mientras el primer país neutralizó adecuadamente la enfermedad holandesa, el
segundo no lo hizo. La mayor disciplina fiscal en Indonesia permitió que ese
país comprase y esterilizase reservas evitando la apreciación del cambio,
pagando por esas compras una tasa de interés muy baja.
La forma directa de neutralización de la enfermedad
holandesa es a través del impuesto sobre las ventas y la exportación. El efecto
deseado del impuesto es micro-económico: desplaza la curva de oferta del bien
hacia arriba, llevando su costo marginal aproximadamente al nivel de los demás bienes, o en otras palabras,
corrigiendo la tasa de cambio de equilibrio corriente para hacerla igual a la
de equilibrio industrial. Digo aproximadamente porque no existe forma simple de
calcular la alícuota necesaria del impuesto. La tasa del impuesto, m, debe ser
suficiente para anular o llevar a cero la enfermedad holandesa. Por lo tanto,
debe ser igual a la intensidad de la enfermedad holandesa dividida por la
relación entre la tasa de cambio de equilibrio corriente y la tasa de cambio de
equilibrio industrial de ese producto:
n = dh / [ec/ ei]
En el caso, por ejemplo, del país Z3, en la situación
inicial en que ec/ ei es igual a 0,8, la tasa del
impuesto deberá ser del 25%.
El impuesto o contribución sobre las ventas deberá, por lo
tanto, variar de producto en producto de acuerdo con la intensidad de la
enfermedad holandesa que provoca. En estos términos, para determinar para cada
producto i, el impuesto qi, debemos usar la relación entre precio de
mercado y el precio necesario de cada bien que son proporcionales a las dos
tasas de cambio. Tenemos, así,
qi = dh / [pmi/ pni]
Además de eso debe variar en el tiempo porque la intensidad
de la enfermedad holandesa aumenta o disminuye, dependiendo del precio
internacional del bien. La ley que crea el impuesto deberá dejar a la autoridad
económica que lo administra la atribución de definir esa tasa y variarla en el
tiempo.
Puesta la neutralización de la enfermedad holandesa en los
términos anteriores, su implementación parece simple, pero en la realidad puede
ser muy difícil. Primero, porque el gobierno tendrá que enfrentar la resistencia
de los exportadores de las commodities que dan origen a la enfermedad
holandesa. Esa resistencia es generalmente alta aunque sea irracional, porque
el objetivo del impuesto no es reducir la rentabilidad del sector, sino
mantenerla y eventualmente hacerla más estable, en la medida en que los
recursos del impuesto, más allá de constituir un fondo internacional no
presionen la tasa de cambio, cuando ingresen al país. Por ello, deberán también
ser usados como fondo de estabilización cambiaria. Para mantener la
rentabilidad el impuesto sólo podrá ser ‘marginal’: debiendo recaer solamente
sobre la ganancia de la depreciación lograda por el impuesto o,
preferiblemente, por medidas transitorias de control de entradas. Cuando el
impuesto es creado y la curva de oferta del producto en la moneda local se
desplaza hacia arriba, ese desplazamiento provoca la depreciación. Lo que el
exportador paga en concepto de impuesto lo recibe de vuelta, en términos de
aumento de su ingreso en moneda local. Suponiendo que esta depreciación
(estamos partiendo de una moneda sobre apreciada), sea obtenida principalmente
por una imposición transitoria de controles de entrada, en seguida el impuesto
sobre las exportaciones permitirá y garantizará que la tasa de cambio se estabilice
en el nivel de equilibrio industrial
porque la curva de oferta del producto se desplazó para hacia. Aquí hay,
naturalmente, un problema de costos de transición de una posición a otra que
deben considerarse y compensarse por el gobierno. Por otro lado, si el país
tuviera un peso significativo (market share) en la oferta internacional del
bien, el impuesto puede también tener el efecto de aumentar su precio
internacional. Ese efecto será probablemente pequeño pero no puede ser
despreciado, porque el aumento de los precios internacionales agrava la
enfermedad holandesa que el impuesto busca neutralizar.
En segundo lugar, el impuesto enfrenta una dificultad
macroeconómica porque implica un aumento transitorio de la inflación. Sin
embargo, mientras no haya indexación formal o informal de la economía, los
precios volverán a estabilizarse enseguida. Un enfriamiento de la economía en
el momento de la transición puede disminuir ese aumento transitorio de la
inflación, pero no lo anulará.
Un tercer y fundamental problema es el de la reducción de
los sueldos que provoca la depreciación de la moneda local. La depreciación
real, descontada la inflación, es por definición un cambio de los precios
relativos en favor de los bienes comercializables que pasan a tener un precio
relativo mayor en comparación al de los no comercializables. Mientras la moneda
está sobre apreciada por la enfermedad holandesa, los salarios están
artificialmente altos porque están beneficiándose directamente de la renta
ricardiana.(11) La creación del impuesto que neutraliza la enfermedad holandesa
apreciando la moneda nacional implica, por lo tanto, la disminución de los
rendimientos reales del trabajo y de los alquileres de inmuebles, aún después
de corregidos por la inflación. Implica también la disminución relativa de los
rendimientos de los productores de bienes no comercializables como la industria
hotelera, de construcciones, etc., que pierden participación en la renta
nacional. En otras palabras, mientras la enfermedad holandesa estaba operando,
las rentas ricardianas del país no estaban siendo capturadas sólo por los
productores de las commodities, sino que estaban beneficiando a todos
los consumidores locales que compraban bienes comercializables a precios más
bajos. Cuando se crea el impuesto, las rentas ricardianas continúan en el país,
pero ahora son transformadas en ingreso del Estado. En estos términos, se
comprende que crear ese impuesto no es fácil desde el punto de vista político.
En cuarto lugar, no son muchos los países que, como Noruega,
tienen las condiciones políticas para reservar todo el ingreso del impuesto
para establecer fondos en el exterior y un fondo de estabilización de las commodities
exportadas. En los países menos desarrollados, el impuesto generalmente es
usado para fines fiscales, en la medida que su existencia reduce la capacidad
del gobierno de financiar sus gastos con los impuestos directos e indirectos
que usan todos los países. Ese es el caso, por ejemplo, de Chile. Mientras
tanto, aunque no se deba confundir ese fondo con reservas obtenidas por los
países con endeudamiento interno, la formación de esas reservas es una
indicación de que, al final, la creación de fondos neutralizadores no es tan
difícil como se podría imaginar.
Es comprensible, en ese sentido, que países gravemente
castigados por la enfermedad holandesa, como Arabia Saudita o Venezuela, tengan
dificultad para neutralizarla. Todos los países exportadores de petróleo gravan
con impuestos a la exportación de petróleo, pero generalmente el impuesto tiene
objetivos meramente fiscales y su alícuota, no es suficiente para compensar la
sobre apreciación causada por la enfermedad. Al Estado le falta poder para
imponer un impuesto mayor, ya sea porque las mismas empresas exportadoras de
los bienes se resisten, o porque la población como un todo se resiste al
aumento en los precios de todos los bienes comercializables, causados por la
depreciación, sean ellos importados o producidos localmente. Además de eso, el
Estado acaba usando los recursos del impuesto para financiar sus gastos
corrientes, en vez de constituir el fondo financiero en el exterior, debido a
la resistencia de los agentes económicos a pagar impuestos.
Neutralizada la enfermedad holandesa, mediante el impuesto y
la creación del fondo internacional, las dos tasas de cambio de equilibrio
pasan a ser razonablemente iguales. El país transcurrirá su vida diaria como
cualquier otro y usará sus rentas ricardianas para constituir un fondo en el
exterior que le rendirá beneficios futuros.
Sintomas
Podemos identificar dos situaciones de enfermedad holandesa:
aquella que siempre existió e impidió la industrialización, como es el caso de
los países petroleros, y la situación del país que logró durante un cierto
tiempo neutralizarla y así se desarrolló pero, a partir de un determinado
momento, en nombre de un liberalismo radical, eliminó los mecanismos de
neutralización y pasó a crecer a tasas mucho menores, como es el caso de los
países latinoamericanos que pasaron por reformas liberalizadoras sin sustituir el
sistema antiguo de aranceles y subsidios por un sistema más racional de
impuestos sobre las ventas de las commodities que dan origen a la
enfermedad.
Los síntomas más importantes de la enfermedad holandesa son
sobre apreciación cambiaria, bajo crecimiento del sector manufacturero, rápido
crecimiento del sector servicios, salarios medios elevados y desempleo (Oomes y
Kalcheva, 2007). Como se trata de una falla de mercado del lado de la demanda
que limita la existencia de oportunidades de inversión en la industria
manufacturera, sólo existe cuando hay desempleo de recursos humanos en un país,
o, en otras palabras, cuando éste se encuentra en condiciones técnicas y
administrativas de invertir en la producción de bienes con tecnología más
sofisticada y salarios más altos, pero la tasa de cambio vigente impide que
esas inversiones sean realizadas. No obstante el desempleo, la enfermedad
holandesa implica salarios artificialmente elevados. Sin embargo, puede suceder
que los salarios sean también bajos porque la mano de obra es abundante y
desorganizada en ese país. La distribución de las rentas ricardianas,
involucradas en la enfermedad holandesa variará de país en país, dependiendo de
la capacidad de presión o de rent-seeking de los diversos grupos.
Los países alcanzados por la enfermedad holandesa exportan
desde hace mucho un recurso natural, pero jamás se industrializaron; o lograron
industrializarse durante algún tiempo, pero después entraron en un proceso de
des-industrialización prematura. En el primer caso, el país jamás neutralizó la
enfermedad, que asume un carácter relativamente permanente. Su síntoma claro es
el hecho de que ese país no produce otros bienes comercializables, a no ser
aquellos beneficiados por las rentas ricardianas de la enfermedad holandesa.
Ese es ciertamente el caso del país Z1 y probablemente de Z2. Si el país ya
tiene una producción y una exportación significativas de recursos naturales que
le permitieron acumular capital y una clase empresaria significativa, pero no
tiene una industria de bienes comercializables, ello es señal de que sufre de
grave enfermedad holandesa. Arabia Saudita y Venezuela son buenos ejemplos de
este caso.
En el segundo caso, el país posee amplios recursos naturales
y los exporta, pero aún así se industrializó, habiendo por lo tanto
neutralizado la enfermedad holandesa – generalmente con el uso de aranceles de
importación y subsidios a la exportación. Pero, bajo presión internacional,
acusado de ‘proteccionismo’, ese país dejó de neutralizarla en aras de la liberalización
comercial. Sin embargo, no hubo proteccionismo en esos aranceles, sino una mera
neutralización de una falla de mercado. Como consecuencia de la liberalización,
la tasa de cambio efectiva-efectiva se aprecia en términos efectivos, En la
medición de la tasa de cambio anterior a la liberalización, se considera que
los aranceles y subsidios la hacían efectivamente más depreciada. La
apreciación no es percibida
inmediatamente, porque queda disfrazada por el hecho de que parte de ella
es consecuencia de la eliminación de los aranceles y subsidios. En cambio, la
industria de transformación del país en poco tiempo, comienza a sufrir los
efectos de la apreciación y la des-industrialización prematura se pone en
marcha. En el caso de que la intensidad de la enfermedad no sea muy grande,
como en el caso del país Z3, los síntomas de des-industrialización no serán
claros aunque reflejen una disminución de la participación de la industria de
transformación en el producto nacional y en las exportaciones netas (en
términos de valor agregado).
Fue esto, esencialmente, lo que ocurrió en los países
latinoamericanos a partir de los años 1990, cuando abandonaron los mecanismos
de neutralización de la enfermedad holandesa. A partir del comienzo de los años
2000 el cuadro se agravó para los países más industrializados, como el Brasil y
México. La apreciación real causada por la eliminación de los mecanismos de
neutralización aumentó debido a la elevación de los precios internacionales de
las commodities exportadas.
En el caso de abandono de la neutralización, acompañado o no
de aumento de los precios internacionales, el país sólo logrará mantener los
sectores de manufacturas y servicios comercializables con tarifa cero de
importación, si la gravedad de la enfermedad holandesa es lo suficientemente
pequeña como para ser compensada por una posible mayor productividad del país
en relación a los competidores internacionales. En general, sin embargo, la
tasa de cambio sobre apreciada tornará no viables los sectores comercializables, sector por
sector. Ante el hecho de que sus ventas externas están dejando de ser
lucrativas y la importación de bienes competitivos aumenta, las empresas harán
esfuerzos redoblados para aumentar la productividad; después reducirán o
suspenderán las exportaciones; o aumentarán la participación de los componentes
importados de su producción, con la finalidad de reducir costos; al final, en
la continuidad de ese proceso, se tornarán meras importadoras y armadoras del
bien que reexportan o venden en el mercado interno. En otras palabras, la
industria de transformación del país se va transformando en una industria
maquiladora. La des-industrialización está en marcha. Las ventas de las
empresas de la industria de transformación y aún sus exportaciones pueden
continuar presentando valores elevados, aunque su valor agregado disminuirá. Como
veremos más adelante, su valor agregado per capita también disminuirá,
porque los componentes con mayor contenido tecnológico pasarán a ser
crecientemente importados.
En ese momento, ante el diagnóstico de que hay
des-industrialización y que su causa es la enfermedad holandesa, tiene lugar el
previsible rechazo de los economistas convencionales y de los asociados a los
intereses de corto plazo, a aceptarlo. Pasan entonces a desarrollar
demostraciones empíricas para negar el hecho. Otros, más radicales, afirmarán
que si hubiera des-industrialización, ello no impide el crecimiento económico.
Sin embargo, no sólo los datos sino la misma lógica de la apreciación, sin una
caída del saldo en la balanza comercial
indican que la enfermedad holandesa está presente y activa.
Otro síntoma de la enfermedad holandesa y de la
des-industrialización prematura, además de la disminución de la participación
de la industria de transformación en el producto, del aumento del componente
importado en la producción y de la disminución relativa de las exportaciones de
bienes manufacturados, medidos en términos de valor agregado, es la gradual
disminución de la exportación de bienes con alto valor agregado. Como en el
caso de la participación de las exportaciones de manufacturados en general, la
participación de manufacturados con alta intensidad tecnológica en la
importación es engañosa, porque las exportaciones brutas de empresas en proceso
de transformación de “maquilaje” se mantienen elevadas. No obstante, lo que
disminuye es su participación en términos de valor agregado, cuyos datos no
siempre están disponibles. La razón por la cual los bienes con alto contenido
tecnológico son los que más sufren con la enfermedad holandesa, sólo quedará
clara después que se presente el concepto de enfermedad holandesa ampliada.
Aunque tenga el mismo resultado es preciso, sin embargo, no
confundir ese proceso de transformación de la industria manufacturera del país
en una maquiladora como consecuencia de la enfermedad holandesa, con un proceso
de carácter más general que es el de la división de las tareas a nivel
internacional. Esta división creciente de la producción a nivel internacional es una consecuencia de la
globalización y ha recibido diversas denominaciones: ‘offshoring’ cuando se piensa en la empresa multinacional
produciendo componentes en el exterior (Blinder, 2006); ‘comercio de tareas’
(Grosmann y Rosi-Hansberg, 2006); o también ‘desembalaje’ (‘unbundling’) (Baldwin, 2006: 1) cuando
se quiere destacar la división de las tareas. Estos dos últimos nombres dejan
en claro que la división del trabajo a nivel internacional no es esencialmente
entre sectores de producción o entre bienes y servicios, sino entre
trabajadores. O, como afirma Baldwin, para quien la globalización es un segundo
desembarque histórico, “esto significa que la competencia internacional –que
solía ser principalmente entre empresas y sectores en diferentes países– ahora
se da entre trabajadores individuales que realizan tareas semejantes en países
diferentes”. A través de ese proceso, las tareas con mayor valor agregado per
capita y que exigen mano de obra más calificada, constituida principalmente
por administradores y comunicadores, son realizadas en los países ricos que la
poseen en abundancia, mientras que las tareas automatizadas o codificadas son
transferidas a trabajadores con bajos salarios, en los países en desarrollo.
Ese proceso de división de tareas que da origen a empresas maquiladoras como
las que fueran instaladas hace mucho en la frontera de México con los Estados
Unidos, es consecuencia de la baja calificación de la mano de obra disponible
en el país. Sin embargo, si en el momento en que el país empieza a mejorar la
calidad de su mano de obra, tiene una tasa de cambio sobrevaluada, debido a la
enfermedad holandesa, la misma no encontrará empleo. Y si el país, como fue el
caso de México con el resto de su industria de transformación, ya se había
industrializado, pero renunció a los mecanismos de neutralización de la
enfermedad holandesa, lo que se verá es que ese amplio grupo de empresas se
transforma también, gradualmente, en maquiladoras. Como es frecuente, el país
en desarrollo ya posee las condiciones tecnológicas necesarias para realizar
actividades más complejas en su territorio, pero no lo logra o deja de lograrlo
porque la enfermedad holandesa está provocando la sobre valuación de su tasa de
cambio. En este caso, el país queda limitado a los procesos de bajo contenido
tecnológico. Los procesos de trabajo que exigen más calificación son reservados
para los países ricos a partir del supuesto de que ese tipo de mano de obra no
existe en los países en desarrollo. Muchas veces esto no es verdad y se
observan altos índices de desempleo de personal calificado en esos países.
Etapas
La enfermedad holandesa existe desde la época de Revolución
Comercial y la formación de un mercado internacional. El atraso de España a
partir del siglo XVII ciertamente fue
causado por el oro que recaudaba de sus colonias. Sin embargo, sólo fue identificada
en los años 1960, y recientemente comenzó a ser realmente discutida. ¿Cómo
explicar, entonces, que los países que eran víctimas de ella hayan logrado
industrializarse, si los economistas y los políticos no tenían conocimiento de
ella? Para responder a esta pregunta es preciso distinguir el papel de los
recursos naturales que le dan origen, en dos etapas. En una primera etapa, la
explotación de recursos naturales es una bendición, porque permite que el país
participe del comercio internacional, promueva la acumulación de capital
original, establezca una infraestructura económica mínima, posibilitando el
surgimiento de una clase de empresarios capitalistas. Es la existencia de esos
recursos lo que posibilita que una economía pre-capitalista, o con un
capitalismo mercantil incipiente, se transforme en una economía capitalista
propiamente dicha. Es generalmente a través de esos recursos que el país logra
insertarse en el comercio mundial,
realizar su acumulación de capital primitiva, y crear una clase empresaria. Aún
en esa situación, el país debe tributar las rentas ricardianas de forma que
ellas no se limiten a beneficiar a los productores de las commodities y
a los consumidores locales (cuyos salarios aumentan artificialmente con la tasa
de cambio sobrevaluada), sino que puedan usarse para financiar a sectores
estratégicos de la economía. Sin embargo, en la medida en que el país está en
condiciones, desde el lado de la oferta, de industrializarse y por lo tanto
potencialmente tiene condiciones de producir con eficiencia bienes
manufacturados, la enfermedad holandesa se torna un obstáculo fundamental. En
esa segunda etapa, cuando el desafío para el país es industrializarse o, más
ampliamente, desarrollar un amplio abanico de productos comercializables
internacionalmente, con valor agregado per capita cada vez mayor, las
rentas ricardianas derivadas de los bienes basados en recursos naturales se
transforman en la enfermedad holandesa.
Si abandonamos ese concepto muy simplificado de dos etapas,
e imaginamos que cuando un país comienza a desarrollarse logrará gradualmente
la competencia técnica, podemos también disminuir el requisito para
caracterizar la enfermedad holandesa. Ella existirá siempre que un país tenga
sectores manufactureros con state-of-art (tecnología de avanzada) y que, además, no
sean de punta. Por otro lado, podemos suponer que cuanto más sofisticado
tecnológicamente sea un sector, más depreciada será la tasa de cambio necesaria
para tornarlo factible. Definida la
enfermedad holandesa en estos términos y aceptado el supuesto anterior, la
transición de una economía puramente productora de commodities, usando
recursos abundantes y baratos, a otra más avanzada, implica el reconocimiento
de la citada enfermedad y la adopción gradual de mecanismos para neutralizarla.
Implica también reconocer que, al revés de dos etapas, como en el modelo de
Lewis (1954), tenemos diversas etapas que se distinguen por el grado de
sofisticación tecnológica. En todos ellos la neutralización de la enfermedad
holandesa a través de la imposición de impuesto será necesaria, pero la forma
en que los recursos del impuesto serán
utilizados es diferente. En las primeras etapas, el Estado usará el
impuesto para montar la infraestructura y el sistema de educación pública del
país y para crear un fondo de estabilización de las commodities
tributadas – o sea, procurará promover el desarrollo económico del lado de la
oferta y estabilizar la producción del bien de exportación. En las etapas más
avanzadas, cuando ya no hay más problemas graves del lado de la oferta y el
Estado prefiere disminuir el grado de intervención en la economía, como es el
caso de Noruega, creará un fondo internacional para no tener presiones
adicionales sobre la tasa de cambio.
Cuando el país comienza a industrializarse, el crecimiento
económico pasa a depender de la neutralización de la enfermedad. Fue lo que
sucedió en todos los países de América Latina y de Asia, que se
industrializaron en el siglo XX. Los países latinoamericanos, por ejemplo,
están dotados de abundantes recursos naturales, minerales y agrícolas, que
aprovecharon para instalar un sector de producción y exportación de bienes
primarios. En cambio, a partir de 1930, cuando esa vía agotó sus posibilidades
y el desafío fue industrializarse, esos países tuvieron éxito. Entre 1930 y
1980, especialmente México y Brasil crecieron de forma extraordinaria,
industrializándose, porque adoptaron políticas que neutralizaban la enfermedad
holandesa (Palma, 2005). Sus políticos y economistas no sabían que era la
enfermedad holandesa pero usaron, en diversos momentos, tasas múltiples de
cambio o hasta complejos sistemas de aranceles de importación combinadas con
subsidios a la exportación que, en el fondo, respondían al problema depreciando
la moneda para los productores de bienes industriales. En primer lugar,
impusieron aranceles de importación teniendo como justificación la tesis de
Hamilton-List sobre la industria naciente y la tesis de Prebisch-Singer-Furtado,
sobre la tendencia al deterioro de los términos de cambio. Ahora bien, la
tarifa de importación es una forma parcial pero efectiva de neutralizar la
enfermedad holandesa: sólo protege a la industria manufacturera de las importaciones
extranjeras, no permite la exportación de bienes manufacturados aunque adopte state-of-art
(tecnología de avanzada)l. Neutraliza
la enfermedad holandesa a efectos del mercado interno, aunque no de las
exportaciones. Si existe la enfermedad holandesa, la tarifa de importación sólo
puede ser considerada como manifestación de proteccionismo por parte del país,
si su alícuota fuera mayor que la necesaria para neutralizar esa falla del
mercado. En el caso contrario sólo estará corrigiendo parcialmente una falla de
mercado.
En segundo lugar, muchos países usaron subsidios a las
exportaciones de bienes manufacturados. En el momento en que ya habían
alcanzado un grado razonable de industrialización, el Brasil y México, por
ejemplo, percibieron que podían competir internacionalmente si establecían
subsidios a la exportación de manufacturados. De esa forma, nuevamente, lo que
se estaba haciendo era depreciar la tasa de cambio efectiva a los efectos de la
exportación, compensando la apreciación causada por la enfermedad holandesa.
Cuando un país establece impuestos a la importación de prácticamente todos los
bienes y subsidios para la exportación de bienes manufacturados, está, en la
práctica, estableciendo un impuesto sobre las commodities que usan
recursos naturales y dan origen a la enfermedad holandesa. Se trata de una
forma disfrazada (en verdad mal disfrazada) de impuesto sobre esos bienes y,
por lo tanto, de la neutralización de la enfermedad holandesa, pero muchas
veces es la posible desde el punto de vista político. En el Brasil, por
ejemplo, en los años 1970, cuando hubo un gran crecimiento económico y un
enorme crecimiento de las exportaciones de bienes manufacturados, el sistema
cambiario era aproximadamente el siguiente: todos los bienes pagaban cerca de
50% de impuesto de importación; y todos los bienes manufacturados recibían un
subsidio de exportación de cerca de 50%; mientras que las commodities de
exportación continuaban con la tasa de cambio nominal apreciada por la
enfermedad holandesa. Suponiendo que esa tasa de cambio nominal que era también
la tasa de cambio de equilibrio corriente fuese un índice 66,66, y la tasa de
cambio de equilibrio industrial fuera 100, el impuesto implícito en el sistema
de aranceles y subsidios que llevaba la tasa de cambio efectiva para 100 era de
50%.
Un impuesto de exportación debidamente negociado y
directamente establecido sería más racional, porque es mucho más fácil de
administrar dado el número relativamente reducido de commodities
exportadas, pero aquél enfrenta o parece enfrentar más dificultades políticas
que el sistema adoptado. Parecía enfrentar, ya que ese sistema nunca engañó a
nadie: los cultivadores de café estaban siempre protestando contra la
‘confiscación cambiaria’ (the exchange rate confiscation).
Perjuicio?
Hasta ahora supuse que la especialización en la producción
de commodities que traen consigo rentas ricardianas sustanciales es una
falla de mercado o una enfermedad. De acuerdo con el modo de pensar neoclásico,
podríamos objetar que no hay nada de malo en que un país se especialice
exclusivamente en la explotación de sus recursos naturales. Al fin de cuentas,
sólo está beneficiándose de ventajas comparativas y colocando sus recursos
donde son más rentables. En estos términos, la industrialización no sería
necesaria para el crecimiento económico. No voy a discutir aquí ese argumento
que ya tiene una larga historia en la teoría económica. Observo, solamente, que
no parece que haya sido ese el razonamiento de un país desarrollado como
Holanda, que identificó el problema como una enfermedad y se rehusó a cambiar a Philips y a otras empresas de ese
tipo, por la explotación del gas natural. No creo, tampoco, que sea esa la
visión de los noruegos, cuando trataron de neutralizar competentemente esa
enfermedad. ¿Dónde está el problema, entonces?
La enfermedad holandesa es percibida como un obstáculo al
desarrollo económico por el lado de la demanda en la medida en que una moneda
sobre apreciada impide inversiones en industrias de bienes comercializables. En
el momento en que un país de renta media se ve amenazado por la enfermedad
holandesa, lo que está bajo amenaza es la demanda para todo un enorme sector
industrial de bienes comercializables. Suponer que el país pueda sufrir la
des-industrialización sin grandes costos y volver a la condición de
especialización en industrias intensivas en recursos naturales no es realista.
Por otro lado, cuando la especialización en recursos naturales se da en un país
porque no es económicamente factible la
implantación de otras actividades que no sean de bienes y servicios no
comercializables, estamos ante una enfermedad. En esa situación el país está
limitando su capacidad de crear empleos y renunciando a la producción de
cualquier bien con valor agregado per capita, mayor que los existentes
en las commodities que produce y exporta.
En el primer trabajo en el que estudié más ampliamente la
enfermedad holandesa (Bresser-Pereira, 2007) argumenté que ella tenía como
consecuencia impedir el aumento de la productividad y por lo tanto no tornaba factible
el crecimiento económico, impidiendo la transferencia de mano de obra a
sectores con mayor valor agregado per capita. Esta tesis en realidad no
es enteramente correcta porque presupone que el valor agregado per capita
del bien que da origen a la enfermedad holandesa tendrá un contenido
tecnológico menor que el promedio de los bienes industriales. Ahora bien,
aunque el valor agregado per capita de la producción agrícola y de la
producción minera sea tradicionalmente inferior al de la producción industrial
y de servicios exportables, no necesariamente es así. No hay nada que haga a la
producción agrícola y minera intrínsecamente menos productiva o eficiente que
la manufacturera. Además de eso, en los últimos 30 años se nota en todo el
mundo un enorme crecimiento de la productividad agrícola, al mismo tiempo que
la producción minera se torna cada vez más sofisticada, desde el punto de vista
tecnológico. Además, aunque esa explotación pueda implicar un alto valor
agregado per capita, el país estará renunciando a otras actividades que
está en condiciones de producir con contenido científico y tecnológico todavía
mayor, y –lo que es todavía más grave– a todas las otras que potencialmente
pueda llegar a producir con valor agregado per capita más alto. Además de
eso, y volviendo al problema por el lado de la demanda, hay enfermedad
holandesa, aunque los bienes alternativos tengan un valor agregado per
capita aproximadamente igual al del bien que la causa, pero su producción
es necesaria para garantizar el pleno empleo de la fuerza de trabajo disponible
ya que los bienes que dan origen a la enfermedad no están en condiciones de
brindar ese volumen de empleo.(12)
En un país en el cual la enfermedad holandesa se origina
principalmente en commodities agrícolas, sus defensores argumentan que
es preciso considerar también la producción industrial a la que esos bienes dan
origen. Sin duda, esto es verdad. Dados los costos de transporte, los países
productores tenderán a tener ventaja en producir el bien industrializado. Sin
embargo, la enfermedad holandesa también tiene efecto sobre esa producción
industrial: aún alcanzando esa especie de industria de transformación con menos
intensidad que las demás, ella también fuerza la regresión de la cadena
productiva y tiende a hacer rentable la producción de la commodity
bruta, ya que es el costo marginal de esta el que determina la tasa de cambio.
Segundo, es preciso considerar que los recursos minerales
son agotables. Tercero, en el caso de que la especialización se dé en commodities
que usen los recursos agrícolas, y por lo tanto no agotables, es preciso
verificar si tendrán la capacidad de emplear a toda la población; probablemente
esa condición no será satisfecha ni siquiera en países con abundancia de
tierras cultivables no utilizadas. En el caso del Brasil, por ejemplo, aunque
el país triplique su producción de caña de azúcar, soja, naranja y madera, no
empleará sino una pequeña parte de su mano de obra. La enfermedad holandesa en
el Brasil no es tan grave como para prever la casi total destrucción de su
industria de transformación, debido al hecho de que en un primer momento el
país dejó de neutralizarla desde 1990/92, cuando concretó la apertura comercial
y financiera, eliminando el impuesto implícito que existía; y en un segundo
momento, porque se agravó con la elevación de los precios de las commodities
que exporta debido al aumento de la demanda de la China. Sin embargo, en
el caso de que sucediese esto, y considerando constante la relación de la mano
de obra en la producción de bienes comercializables en relación a los no
comercializables, toda la mano de obra hoy empleada en la industria de
transformación debería ser absorbida por la agricultura y la minería de
exportación.
Si un país que sufre de la enfermedad holandesa la
neutraliza tan efectivamente como Noruega, mediante un impuesto que corrige la
tasa de cambio de equilibrio corriente al mismo nivel que la tasa de cambio de
equilibrio industrial, dejará de sufrir la maldición de los recursos naturales
y sólo cosechará beneficios. Sin embargo, dado el hecho de que la tasa de
cambio “corregida”, es más competitiva que la tasa de cambio corriente
original, equilibra inter-temporalmente la cuenta corriente. Esto significa que
el país tendrá un superávit en cuenta corriente estructural. Si todos los
países que sufren la enfermedad holandesa hicieran lo mismo, significaría que
todos tendrían superávit en cuenta corriente y que los demás países que no la
sufren, necesariamente tendrían déficit en cuenta corriente. Este es un
problema serio para el cual no veo solución. Representa una amenaza para los
países en desarrollo y más ampliamente para el equilibrio de la economía
mundial.
Concepto ampliado
La enfermedad holandesa no sólo alcanza a los países que
explotan recursos naturales. Otra fuente que viene haciéndose significativa
está representada por las remesas de los inmigrantes; los países de América
Central, especialmente, son alcanzados por ella (Acosta, Lartey y Mandelman,
2007). Argumentaré, ahora, que podemos ampliar el concepto de enfermedad
holandesa para incluir como su causa también a la existencia de mano de obra
barata. Si esto fuera verdad, la enfermedad holandesa se transforma en una
falla de mercado todavía más general y más grave. Países como la China o la Índia también
tendrían la enfermedad holandesa y sólo se desarrollarían si la neutralizasen
administrando su tasa de cambio. En realidad, es exactamente lo que hacen esos
países y, más ampliamente, lo que hacen los países asiáticos dinámicos.
En el caso de la enfermedad holandesa ampliada es necesario
considerar el problema del crecimiento económico por transferencia de mano de
obra de sectores con menor valor agregado a otros con mayor valor. Afirmé que
en el caso de la enfermedad holandesa restringida esto no era estrictamente
necesario, ya que los bienes que le dan origen no son producidos con una
intensidad científica y tecnológica necesariamente menor que los demás. En el
caso de la enfermedad holandesa ampliada este problema existe por definición.
Los bienes producidos con mano de obra barata son, en principio, los que
utilizan mano de obra poco calificada, y por lo tanto son productos con baja
intensidad tecnológica.
La existencia de mano de obra barata no da origen a rentas
ricardianas, pero tiene efecto semejante al del recurso natural barato. La
condición necesaria para que el trabajo barato sea causa de la enfermedad holandesa es la de que el abanico
salarial sea sustancialmente mayor que en los países ricos –una condición
normalmente presente en los países en desarrollo-, porque la diferencia entre
los salarios de los trabajadores y de los ingenieros, tiende a ser mucho mayor.
Las industrias que usan principalmente trabajo barato tienen un costo marginal
correspondientemente más barato que el de las industrias tecnológicamente
sofisticadas. En consecuencia, la tasa de cambio tiende a converger hacia el
nivel que torna rentable la exportación de bienes que utilizan mano de obra
barata. Al pasar esto -y dado que los salarios son desproporcionadamente
mayores en las industrias más sofisticadas– los bienes que usan esa tecnología,
y por lo tanto mano de obra más cara, quedarán económicamente imposibilitados.
El salario pagado en las industrias más sofisticadas será necesariamente más
alto ya que usa mano de obra más calificada. Si la diferencia de salario entre
un trabajador no especializado y un ingeniero, por ejemplo, fuera de
aproximadamente 3 a
4 veces, como en los países ricos, el país produciría con mano de obra barata
todo tipo de bienes sin otras dificultades que las técnicas y administrativas.
En cambio, si ese abanico salarial fuera mayor, si las diferencias de salarios
entre trabajadores menos y más calificados fuera claramente mayor en el país de
mano de obra barata, el problema de la enfermedad holandesa ampliada se
plantea. Si, por ejemplo, el país en desarrollo que está siendo considerado
tiene un abanico salarial de 10
a 12 veces, mientras en los países ricos es de 3 a 4 veces, como ocurre
habitualmente, entonces la enfermedad holandesa ampliada existirá y se
constituirá en un grave obstáculo para el crecimiento económico, porque las
industrias con mayor contenido tecnológico necesitarán de una tasa de cambio
mayor que la tasa de cambio de equilibrio corriente determinada por el mercado.
Esta no es la única pero sí es ciertamente una razón
fundamental por la cual los países asiáticos dinámicos administran tan
duramente su tasa de cambio impidiendo apreciarla. La China, por ejemplo, jamás
estaría exportando los bienes crecientemente sofisticados que exporta si no
administrase su tasa de cambio. Al administrarla, la mantiene en el nivel
necesario –o sea, en el nivel de la tasa de cambio de equilibrio industrial–
haciendo posible su industria manufacturera sofisticada.
Conclusión
La enfermedad holandesa es el componente fundamental de la
tendencia a la sobre valuación de la tasa de cambio que caracteriza a los
países en desarrollo. Creo que la mejor forma de concluir este paper en el cual intenté (a)
conceptualizarla de la forma más clara y precisa posible, (b) presentar el
concepto de enfermedad holandesa ampliada que no proviene de recursos naturales
sino de mano de obra barata, (c) mostrar que se trata de una falla de mercado
grave, y (d) discutir cómo puede ser neutralizada, es resumirlo en pocos puntos:
1.
la enfermedad holandesa aparece cuando se
produce una sobre apreciación relativamente permanente de la tasa de cambio
debido a que el país posee recursos naturales y abundantes (concepto
restringido) o mano de obra barata (concepto ampliado) cuyo costo marginal bajo
es compatible con una tasa de cambio de mercado sustancialmente más apreciada
que la tasa de cambio de equilibrio industrial.
2.
hay dos tasas de cambio de equilibrio: la
de equilibrio corriente, que equilibra inter-temporalmente la cuenta corriente
del país y por lo tanto es la tasa que el mercado tiende a determinar, y la
tasa de cambio de equilibrio industrial que posibilita la existencia de
sectores industriales que utilizan state-of-art (tecnología de avanzada). La enfermedad holandesa
aparece cuando esos dos equilibrios presentan valores divergentes;
3.
los síntomas de la enfermedad holandesa son
permanentes cuando el país jamás produjo bienes industriales, o son
consecuencia de algún hecho nuevo que llevó al país ya industrializado a dejar
de neutralizar la enfermedad, o a una modificación de los términos de cambio
que aumente el precio de mercado de las commodities; en los dos últimos
casos, estará habiendo apreciación de la tasa de cambio sin que se reduzca el
saldo comercial del país; estará habiendo desindustrialización y las empresas
exportadoras de bienes industriales
aumentarán el componente importado en su producción, transformando
gradualmente la industria manufacturera del país en una industria ‘maquiladora’;
4.
la neutralización de la enfermedad
holandesa debe ser hecha a través de un impuesto sobre las ventas internas y la
exportación de las commodities, que variará de commodity en commodity,
de manera que sea proporcional a la diferencia entre la tasa de cambio de
equilibrio corriente y la tasa de cambio de equilibrio industrial necesaria
para que las empresas industriales que utilizan state-of-art (tecnología de avanzada) sean competitivas;
5.
cuanto más grave sea la enfermedad
holandesa en un país, más difícil será su neutralización, y menor será la
probabilidad de que ese país se industrialice y crezca;
6.
los recursos de los impuestos creados para
neutralizar la enfermedad holandesa no deben ser internalizados (a no ser
cuando sean usados para la estabilización de los precios de las commodities
sobre las cuales incidan), sino invertidos en un fondo financiero internacional
para que la entrada de los recursos no provoque la reapreciación de la moneda
local;
7.
no obstante que el impuesto sólo deba
incidir sobre el ingreso marginal obtenido por los productores como
consecuencia de la depreciación garantizada por el impuesto, no es fácil
neutralizar la enfermedad holandesa debido a las resistencias a la tasación por
parte de los exportadores de commodities; por otro lado, la depreciación
encuentra resistencias en toda la población porque provoca inflación
temporaria, y principalmente porque baja los salarios reales;
8.
aunque los países en desarrollo siempre
hayan sufrido la enfermedad holandesa aún sin conocerla, esto no impidió que muchos
se industrializasen; esto se explica porque en la práctica neutralizaron la
enfermedad holandesa mediante el uso de tasas de cambio múltiples, y de
aranceles de importación y subsidios a la exportación que implicaban un
impuesto disfrazado sobre las commodities; justificaban esas políticas
con la tesis de la industria naciente y la del deterioro de las relaciones de
intercambio; sin embargo, no hay proteccionismo cuando los aranceles meramente
compensan la apreciación causada por la enfermedad holandesa;
9.
la enfermedad holandesa es una grave falla
de mercado porque su aparición no neutralizada implica una externalidad
negativa causada por los recursos baratos;
10.
la enfermedad holandesa existe aunque las commodities
que le dan origen tengan un alto contenido tecnológico, como es el caso de la
producción de petróleo y de una agricultura cada vez más sofisticada
tecnológicamente; existe porque las actividades mineras y agrícolas no están en
condiciones de emplear toda la mano de obra disponible, y porque ella implica
la renuncia del país a aprovechar la oportunidad de invertir e innovar en
sectores con potencialmente aún mayor contenido tecnológico y, por lo tanto, con mayor valor agregado per
capita;
11.
la enfermedad holandesa puede también tener
su origen simplemente en la mano de obra barata; en este concepto ampliado de
enfermedad holandesa la condición para que aparezca es que el abanico salarial
en el país en desarrollo sea sustancialmente mayor que en los países ricos
hacia donde serían exportados los bienes;
12.
en el caso de la enfermedad holandesa
ampliada existe una incompatibilidad por principio entre la enfermedad no
neutralizada y el crecimiento económico, porque este depende siempre de la
posibilidad de transferencia de mano de obra a sectores con mayor valor
agregado per capita –transferencia imposible en este caso porque los
bienes industriales más sofisticados usan necesariamente mano de obra más
calificada (cuyos salarios son desproporcionadamente mayores que los de los
trabajadores no calificados cuando se los compara con los países ricos);
13.
la distinción entre enfermedad holandesa
restricta y ampliada es teórica. En la práctica, ambas están integradas de tal
modo que es imposible distinguir los efectos de una y de la otra; es imposible,
sin embargo, ignorar los terribles efectos que produce sobre las economías de
los países en desarrollo.
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NOTAS
1) Ver, entre otros, Razin y Collins (1997), Fajnzylber,
Loayza y Calderón (2004), Gala (2006), Rodrik (2007).
2) Evidentemente los gastos de inversiones dependen también
de otras variables, además del crecimiento de las exportaciones, como la tasa
de interés y, principalmente, las expectativas empresarias respecto del futuro,
pero éstas serán sustancialmente mejores en el caso de que los empresarios
cuenten con una tasa de cambio que los estimule a exportar.
3) Los países da América Latina administraron activamente
sus tasas de cambio entre 1930 y los años 1980.
4) Esos países sólo están sujetos a la enfermedad holandesa
‘ampliada’, derivada de la existencia de mano de obra barata, cuyo concepto discutiré
al final de este trabajo.
5) Cuando un país recibe ahorro externo, el correspondiente
déficit en cuenta corriente es consistente con una tasa de cambio más apreciada
que aquella que prevalecería si la cuenta corriente fuese equilibrada.
6) Sobre el populismo económico ver Bresser-Pereira, org.
(1991) y Dornbusch e Edwards, orgs. (1991). Los trabajos clásicos sobre el
populismo económico tanto fiscal cuanto cambiario fueron escritos por Adolfo
Canitrot (1975), Carlos Diaz Alejandro (1982) y Jeffrey Sachs (1988) y están
todos reproducidos en el libro por mí organizado.
7) Hice la crítica del crecimiento con ahorro externo,
principalmente en Bresser-Pereira y Nakano (2002), Bresser-Pereira (2002,
2004), Bresser-Pereira y Gala (2007). En el Brasil, entre 1994 y 1999, cuando
el ahorro externo recibido por el país aumentó extraordinariamente en la medida
en que el déficit en cuenta corriente pasaba de cero a cerca de 4,5% del PBI,
mientras que la tasa de inversión permanecía prácticamente estable, la tasa de
sustitución del ahorro interno por la externa superó el 100% (Bresser-Pereira, 2007: @@@).
8) La idea de que la enfermedad holandesa implica una
externalidad negativa, me fue sugerida por José Luiz Orero. Queda así más claro
porque se trata de una falla de mercado, una situación en la cual los precios
no reflejan el costo (marginal) social de producción de una mercadería.
9) Esto definiendo aquí a la tasa de cambio como el precio
de la moneda reserva o de la canasta de monedas.
10) El impuesto no puede incidir solamente sobre las
exportaciones, porque esto implicaría un
desvío artificial de la producción al mercado interno.
11) Naturalmente, se puede argumentar que al mantener el
cambio depreciado, el país está produciendo internamente bienes sofisticados
que podría importar más barato, por eso el excedente de los consumidores, pero
no se trata de esto. El país está produciendo todos los bienes con state-of-art, sin tener protección. Los
asalariados o consumidores, en cambio, pierden en el corto plazo en términos de
bienestar porque es la condición para neutralizar la enfermedad holandesa.
12) Nótese, sin embargo, que no estoy considerando una serie
de otros efectos que genera la dependencia de la commodity que da origen a la
enfermedad holandesa –como concentración de poder político y económico, aumento
de la vulnerabilidad de la economía, etc. – así como tampoco cuestiones
distributivas entre los diversos sectores de la sociedad.