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Samuel Pinheiro Guimarães Septiembre 2008 Definiciones En este sentido, es posible hablar
de una nación brasileña, de una nación mexicana, de una nación india, de una
nación americana y así sucesivamente, aunque grupos sociales dentro de estas
naciones puedan tener interpretaciones diferentes sobre su pasado y
aspiraciones distintas sobre su futuro en común, sin que, todavía, ningún grupo
significativo llegue a desear y a luchar por la secesión. Nacionalismo es el sentimiento de
considerar a la nación a la que se pertenece, por una razón o por otra, mejor
que a las demás y por lo tanto, con más derechos. Las manifestaciones extremas
de este sentimiento son la xenofobia, el racismo y la arrogancia imperial. Nacionalismo es, también, el deseo
de afirmación y de independencia política frente a un Estado extranjero opresor
o, cuando el Estado se tornó independiente, el deseo de asegurar a sus
nacionales, dentro de su territorio, un tratamiento mejor, o por lo menos
igual, al concedido al extranjero, sea éste una persona física o jurídica. Los
movimientos nacionalistas significativos desde el punto de vista político, (cuyas
manifestaciones históricas más simples devienen de la identidad étnica,
lingüística o de pertenencia a una organización política), tienen como su
principal objetivo el establecimiento de un Estado o la modificación de sus
políticas para defender o priorizar los
intereses de sus integrantes. Nacionalismo El preconcepto de considerar a su
nación mejor que a las demás, tiene su origen en la idea de que las divinidades
habrían escogido a un pueblo, o a una cierta nación, como elegida (i.e. un
conjunto de individuos que adoraban a una cierta divinidad). El caso del pueblo
judío, el llamado pueblo elegido, es clásico y esta convicción tiene consecuencias
políticas hasta el día de hoy, siendo tal vez el Oriente Próximo el principal y
más complejo foco de tensión en el mundo. Japón es otro caso interesante, en la
medida que el Emperador era considerado Hijo del Sol y como tal simbolizaba el
vínculo concreto entre su pueblo y la divinidad suprema. China,
tradicionalmente, se consideraba tan superior a los pueblos vecinos e incluso
distantes que no admitía mantener relaciones políticas en el nivel de Estados
soberanos con otros. Estos podían, como máximo, ofrecer tributos al Imperio del
Medio, centro de la civilización, cuyos emperadores se creía estaban
directamente vinculados a las divinidades celestiales. El caso de los Estados Unidos,
civilización más reciente que la china, la judía y la japonesa (e incluso que la
francesa, la alemana y la rusa), es distinto. Las raíces de su nacionalismo
pueden encontrarse en la religión protestante. Ésta considera que el éxito
material es una señal de aprobación divina, de la propia salvación o de predestinación.
Desde un punto de vista colectivo, el éxito material de la sociedad americana
significaría una señal de aprobación divina, de que sería elegida por el Señor
y que, por esta razón, no sólo podría sino que debería asumir el papel de líder
y modelo, para las demás sociedades y Estados. Esta misión salvadora de los Estados
Unidos se encuentra consignada en sus documentos de política externa. La
declaración del Presidente George W. Bush de que habría, literalmente, hablado
con Dios, señala la presencia creciente y la enorme influencia del
fundamentalismo religioso, extremadamente conservador, belicoso y nacionalista.
Aquélla es reveladora de una convicción de pueblo, de nación elegida y de
superioridad, en relación a las demás naciones. Uno de los principales movimientos
nacionalistas se desarrolló en Alemania, basado en la superioridad de una
supuesta raza aria, germánica y pura, que redundaría en la toma del Estado por
el Partido Nacional Socialista, con terribles consecuencias para el mundo y
especialmente para los que consideraba integrantes de las razas inferiores como
los judíos, quienes fueron víctimas de una política de eliminación física: el
Holocausto. El nacionalismo en los países
desarrollados, en especial en las Grandes Potencias y dada su pretensión de
superioridad, redundó en políticas expansionistas y agresivas, tanto en el
continente europeo como también en la formación de los imperios coloniales, con
la noción explícita de inferioridad de los pueblos y de las culturas locales e
incluso, eventualmente, la idea de que serían seres humanos distintos y hasta
inferiores. En un ejemplo descarnado de esta pretensión, el General
Westmoreland, entonces comandante en jefe de las fuerzas americanas en Vietnam,
se refirió públicamente a los vietnamitas como seres diferentes “de nosotros”,
justificando ciertas acciones de las tropas americanas. Así, la característica central del
sistema internacional, en los últimos quinientos años, desde el descubrimiento
de las Américas ha sido el imperialismo y el colonialismo. Su fundamento de
dominación, más allá de la fuerza, fue la ideología de la superioridad racial y
civilizadora, en relación a las colonias y a sus pueblos. Así como la agresión
que las metrópolis europeas, utilizando la fuerza, ejercieron sobre los
sistemas políticos, sociales y culturales de las naciones dominadas. Esto
también aconteció en el proceso de creación de los “imperios continentales”,
como es el caso de la expansión territorial de los Estados Unidos rumbo al
Oeste y de Rusia rumbo al Este y al Sur. La esclavitud fue la expresión máxima
de esta dominación. Los esclavos eran considerados seres inferiores, sin alma, naturalmente
sujetos al yugo y al arbitrio de sus señores. Lord Acton, en un artículo
publicado en 1862, afirmaba que los Estados más perfectos son aquellos que como
el Imperio Británico y el Austríaco incluían a varias nacionalidades distintas sin
oprimirlas, porque “las razas inferiores se elevan al vivir en unión política
con razas intelectualmente superiores”. En los países de la periferia,
ex-colonias, o ex-semicolonias, el nacionalismo tiene una naturaleza
radicalmente distinta a los movimientos que se desarrollaron en Europa. Éstos
tuvieron su reputación manchada por la experiencia del nazi-fascismo, la cual
tenía además seguidores y simpatizantes ardientes en varios países europeos,
más allá de Alemania e Italia. Los actuales “cosmopolitas” utilizan muchas
veces una identificación errónea entre el nacionalismo europeo y el de la
periferia, despreciando a los movimientos anti-colonialistas,
anti-imperialistas y hoy anti-globalización, a los que acusan de “nacionalistas”
(agregando el término populista). Los citados movimientos, en las diversas
colonias, con la variación natural de tiempo y espacio, fueron de afirmación de
su nacionalidad, de recuperación de tradiciones, de idioma, de autonomía
política y de independencia. Inicialmente respecto de las metrópolis coloniales
europeas y luego se transformaron en movimientos de afirmación política y de
desarrollo económico independiente de aquéllos Estados que habían sido colonias. Nación Con el fin del Imperio Romano, las tribus
bárbaras invadieron y ocuparon las provincias romanas estableciendo feudos o
territorios en los que los diversos líderes tribales tenían reconocida su
soberanía política y militar, aunque de manera más o menos limitada. Allí se
establecieron, por primera vez, por la diferenciación de idiomas y de razas, la
fusión de los habitantes, las lenguas locales y el latín popular, las semillas
de las naciones y de los Estados modernos. En este proceso, Estos sistemas feudales, débilmente
sometidos a un poder central, en general al señor de un feudo más grande, desde
el punto de vista territorial y poblacional, correspondían a un conjunto territorios
pequeños, resultado de los diversos sistemas de herencia política y también
patrimonial. A ello hay que añadir el régimen de primogenitura y los
casamientos. Las divergencias sobre derechos hereditarios, las guerras de
conquista y la relación personal patrimonial de los señores feudales con sus
territorios provocaban que, periódica y eventualmente, las poblaciones de distintos
orígenes fuesen sometidas a la soberanía de distintos señores. Así, se formaron los Estados
nacionales europeos, los cuales no se correspondían con naciones homogéneas
sino que agrupaban a poblaciones de distintos orígenes étnicos, con diferentes grados
de mestizaje, con distintas tradiciones y a veces religiones y en los cuales
gobernaban regímenes absolutistas, cuyo fundamento era la doctrina del derecho
divino de los reyes sobre todos sus súbditos (inclusive los nobles descendientes
de los señores feudales). Éstos monarcas se apoyaban mutuamente en esta
pretensión y tenían el apoyo ideológico de Roma, hasta que el protestantismo se
opuso ferozmente -en guerras sangrientas- a algunos de estos Estados absolutos,
que continuaban creyendo y defendiendo la doctrina del derecho divino de los
reyes. La idea de que el Estado nace con la
nación no corresponde a la realidad, en la mayor parte de los casos. La nación
sería de hecho una construcción ideológica posterior, muchas veces del mismo
Estado. La emergencia natural de las naciones habría sido en realidad imposible
debido a la ignorancia de las masas, a la diversidad de etnias y de religiones,
a la ausencia de tradiciones reales, efectivas, a la tardía fijación de las
lenguas y a las difusas tradiciones orales. Por lo tanto, la emergencia de una
nación, habría sido posible luego de la organización de la administración
central del Estado y como consecuencia de los programas de educación pública,
del servicio militar y de la voluntad de los dirigentes de unificar a las
poblaciones. Aún, si esto ocurre i.e. si las naciones fueron construidas por
los Estados, se torna necesario esclarecer como surgieron éstos últimos. Nación y nacionalismo, a pesar de
ser conceptos difusos, corresponden a realidades que tuvieron y tienen un
fuerte impacto sobre la realidad política. Se encuentran estrechamente
vinculadas a otro concepto que, no obstante, es el hecho más concreto de la
realidad cotidiana de todos los individuos: el Estado. Todas las cuestiones
teóricas y prácticas relativas a la nación y al nacionalismo, por ejemplo, en
qué medida a cada nación le corresponde un Estado; si las naciones para ser
consideradas tales deberían ser étnica, idiomática o religiosamente homogéneas;
si el nacionalismo sería siempre una manifestación política perversa y
peligrosa; si tiende al nazismo y así sucesivamente, pasan a tener un interés
especial cuando son examinados a la luz de la noción y de la realidad del
Estado. La formación primitiva de los
Estados A pesar de las diferencias en el
proceso de formación y de evolución de los actuales Estados, una descripción
general, un tanto esquemática puede elaborarse. Ésta tendría que ajustarse y
calificarse, con los cambios necesarios, a cada circunstancia histórica y
geográfica de Estados específicos, pero cuya dinámica general podría
considerarse razonablemente válida para todos. La diversificación de las
actividades productivas y de las funciones sociales acarreaba, en las
sociedades más primitivas, conflictos de intereses que tornaban necesaria la
vigencia de normas que disciplinasen las relaciones entre los individuos y los
grupos y que, aceptadas, o impuestas, como válidas para todos, permitieran la
convivencia pacífica, sin que fuese necesario recurrir permanentemente a la fuerza
y a la violencia, para garantizar la obediencia. La lucha por la hegemonía (i.e. por
el derecho de extraer riquezas naturales en cierto territorio y de organizar el
trabajo humano), llevaba a la sujeción de unas comunidades por otras y a la definición
de territorios y de fronteras, dentro de las cuales aquélla se ejercía por la
definición de normas y por la capacidad de hacerlas aceptar, si es necesario
por la fuerza. Los grupos hegemónicos en cada sociedad definían, a través de
procesos más o menos formales, las reglas que debían obedecerse en un
determinado territorio que controlaban y que, en caso de ser ignoradas, serían
impuestas por la fuerza. Los grupos hegemónicos en cada sociedad procuraban
justificar y explicar su hegemonía a través de supuestos vínculos con las
divinidades protectoras que les conferían el derecho de gobernarlas y de elaborar
las normas de conducta y de cuidar por su cumplimiento. Las fronteras separaban territorios
geográficos dominados por distintos grupos hegemónicos, cuyos líderes
procuraban acentuar las diferencias que existían en términos de cultura,
idioma, tradiciones y prácticas religiosas, entre las comunidades separadas por
fronteras incentivando la rivalidad y las nociones de superioridad, que
caracterizan a los nacionalismos. Las fronteras definen los límites
físicos del ejercicio de hegemonía (de soberanía) de los diversos grupos establecidos
que, como resultado de procesos de lucha, se protegieron con obstáculos naturales
(mares, lagos, ríos y cadenas de montañas) del ejercicio eficaz de la fuerza
por parte de sus competidores cuando las distancias eran muy significativas
para el desarrollo de tradiciones e idiomas distintos. En la medida en que las sociedades
se tornaban más populosas, surgía la necesidad de organizar instituciones
permanentes, encargadas de elaborar las normas de conducta, de asegurar la
obediencia a ellas y de financiar su funcionamiento, a través de la recaudación
de tributos. En las comunidades primitivas y menores, todos los individuos podían
participar de la elaboración de normas sociales y todos podían, en principio,
participar de los organismos sociales encargados de velar por la obediencia a
estas normas. Cuando las comunidades crecían en
población y diversificaban las actividades productivas, los individuos dejaban
de participar directamente de los procesos de elaboración y de ejecución de
normas, así como de solución de conflictos. Se tornaba necesario elegir
representantes, para gobernar a las sociedades a través de sistemas cuyas
diferencias derivaban, como definió Aristóteles en la política, de un juicio
apriorístico sobre la naturaleza humana. La cuestión básica, según Aristóteles,
sería la de saber si todos los individuos serían esencialmente iguales o
desiguales. En caso de ser desiguales, si una familia podría considerarse mejor
que las demás; o si algunos individuos serían considerados esencialmente
mejores que los demás. Dependiendo de la naturaleza de esta convicción
apriorística, los regímenes políticos posibles serían la democracia, la
monarquía y la oligarquía, con sus variantes. Es obvio, que nunca hubo un
debate teórico sobre la naturaleza humana, previo a la definición de los
regimenes políticos de las comunidades humanas, primitivas o no. Estos se
definieron a partir del intenso conflicto de intereses, dentro de cada
comunidad y de la lucha de los diversos grupos por la hegemonía. Aún en la monarquía absoluta y en
los regímenes autoritarios, el rey o el dictador no gobiernan en soledad,
tampoco elabora normas de conducta ni garantiza la obediencia a las mismas. Tiene
que valerse de auxiliares, nobles, ministros, apparatchiks o el nombre que
tengan, a los cuales delega el ejercicio de parte de sus funciones y
prerrogativas y de cuyo apoyo político y militar necesita para mantenerse en el
poder. Es posible imaginar que, en el inicio, la elección de estos individuos
se hacía principalmente en el seno de las familias de los grupos hegemónicos
organizadores de la comunidad y de sus sistemas de producción y de defensa,
contra otras comunidades. Los distintos regímenes políticos, o
formas de gobierno, son sistemas de selección de los representantes de una
comunidad para ejercer las funciones públicas y financiar su ejercicio, que son
legislar, ejecutar y juzgar. El conjunto de las instituciones que ejercen estas
funciones (legislar, ejecutar y juzgar), en nombre del conjunto de los
ciudadanos se llama Estado. Una función esencial y preliminar del Estado es la
organización de su defensa en relación a las pretensiones territoriales de
otros y así garantizar su soberanía sobre el territorio y la población que allí
habita. El Estado, en su forma primitiva y de alcance poco incluyente, es
esencial para la convivencia pacífica de los diversos grupos que habitan un
determinado territorio y para la defensa de sus intereses, enfrentados con
otras comunidades organizadas, bajo la forma de Estado. Los sistemas
religiosos, con sus normas de conducta social y el poderoso instrumento de su
sanción divina, formaban parte integrante de los Estados. El Estado moderno detenta el
monopolio del uso de la fuerza, que es su prerrogativa esencial e indispensable
para el mantenimiento eficiente de un sistema de normas y de gobierno. La evolución histórica de las
comunidades primitivas, a través de las guerras, de la consecuente
incorporación de territorios y de la sujeción de la población en ellos
existente, llevó a la constitución de los Estados modernos. En aquellas
circunstancias en que la incorporación de territorio y de población no fue
aceptada se verifican hoy las reivindicaciones más o menos violentas por la
autonomía o la independencia, tal como ocurre en España, en China, en
Yugoslavia, en la ex-URSS, en Canadá, en Bélgica y en tantos otros países. Esta evolución histórica de las
comunidades y naciones, llevó a la constitución y a la definición de los
territorios dentro de los cuales se ejerce la soberanía de cada uno de los 192
Estados actuales miembros de La visión del Estado a comienzos del
siglo XXI La sociedad actual se caracteriza
por la concentración de riqueza y de poder, por la transformación tecnológica
acelerada, por la inestabilidad social, por la ansiedad y frustración
individual, por el fundamentalismo religioso y por el consumo de productos que
alteran la conciencia, tales como el alcohol, la cocaína, el éxtasis y otros
narcóticos. En esta sociedad moderna, ya sea
altamente desarrollada o sub-desarrollada, el control del Estado, esto es, del
sistema de normas y de instituciones que definen y garantizan las
características fundamentales del sistema de producción y que, no importa la
razón, consagra ciertos privilegios, es esencial para las clases dominantes. Aún, en el sistema democrático
moderno, (resultado de una historia de luchas y de conquistas de los sectores
oprimidos de la sociedad), a cada ciudadano, concepto éste que fue definido de
formas diferentes, a través del tiempo y del espacio, le cabe un voto en el
proceso de elección de los dirigentes del Estado. Por otro lado, en el
capitalismo a cada unidad monetaria le corresponde un “voto” en el mercado. Las
decisiones sociales sobre lo qué producir, cómo producir, cómo consumir y los
beneficios que derivan de estas decisiones se encuentran altamente concentradas
en las manos de las mega-empresas, de sus accionistas-propietarios y de sus
delegados (o mejor empleados), los llamados ejecutivos. El gran y permanente desafío que
tienen que enfrentar los que detentan el poder económico en una sociedad
moderna de régimen democrático, en el que a cada ciudadano le corresponde un
voto, consiste en como transformar el poder económico en político. Esta
transformación es esencial para garantizar la supervivencia de las normas
fundamentales del sistema económico y social y para promover (en la medida en
que esto se torna necesario), su modificación controlada, reformista y
no-revolucionaria, i.e. sin alterar las relaciones fundamentales de propiedad.
En los orígenes de la democracia liberal tal desafío no se presentaba, pues el
régimen era censitario. Los individuos sólo eran ciudadanos en la medida en que
tenían cierta renta, o propiedad, o pagaban impuestos. La primera meta, en el proceso de
transformar el poder económico en poder político, consiste en alejar a la masa
de ciudadanos de las actividades del Estado y de la política, por las cuales se
controla al Estado, o se reduce al mínimo y controla la participación de aquélla
masa. Por ello es necesario difundir una imagen negativa del Estado y de la
política en el seno de la masa de la sociedad, aunque no entre los que componen
sus elites. La imagen del Estado que se difunde
en la sociedad actual, en la que predominan los valores individualistas,
exaltados por la prensa, por el sistema educativo y hasta por las religiones,
es que el Estado es el moderno Leviathan, la fuente de todo Mal. De acuerdo con esta visión, el cobro
de impuestos extorsivos (por menores que sean en realidad) para alimentar a una
burocracia parasitaria, que se complace en elaborar millares de regulaciones
inútiles y confusas, que estimulan la corrupción y obstaculizan la libertad y
la creatividad del individuo, puro y feliz originalmente, deviene de la
existencia de un Estado que todos los días infringe la libertad individual y
entorpece el desarrollo de la sociedad. Esta visión, que persiste a través de
los siglos, se origina en la crítica a las prácticas arbitrarias de las
monarquías absolutas del Renacimiento y del Iluminismo, contra las cuales la
burguesía naciente y sus representantes políticos lucharon para poder implantar
el capitalismo y el liberalismo como formas de organización económica y
política, en una época anterior a la revolución industrial y a la revolución
tecnológica. En este Estado Leviathan del siglo
XXI, reinaría maléficamente el político, el hombre de Estado, el hombre del
Mal. Incompetente, incapaz de enfrentar los males que afligen a la sociedad;
mentiroso, ilusiona a los ciudadanos a quienes periódicamente traiciona;
xenófobo, estimula los conflictos y es corrupto. Además defiende a los
intereses extranjeros, o los intereses de los poderosos o de los incompetentes
sociales que fracasaron en la lucha individualista por el éxito, mientras se
aprovecha de las “ventajas” de los cargos que ocupa. El desprecio y hasta el horror por
la política (y por los políticos) es sistemática y cotidianamente estimulada
por los medios de comunicación masivos, que procuran hacer creer a los
integrantes de las clases medias y trabajadoras que la actividad política no es
digna de un “hombre de bien”, que éste debe dedicarse exclusivamente a su
actividad profesional ya sea un obrero, un empleado, un técnico o un
profesional liberal, bajo el riesgo de corromperse. En la estrategia de estimular este
horror y desprecio (con el objetivo de apartar a las “clases inferiores” de la
tentación de gobernar la sociedad) es necesario desmovilizar a estas “clases”,
desviar y distraer su atención, lo que es tanto más importante cuanto más
desigual y excluyente sea la sociedad y, por lo tanto, cuanto mayor sea la ostentación
de riqueza y más agresiva la miseria. La distracción de la atención de las
grandes masas trabajadoras y de las clases medias se hace por la creación de
nuevos cultos y la promoción de los héroes de estos nuevos cultos. La promoción
de estos nuevos cultos y la promoción de estos nuevos héroes, es hecha a través
de los medios masivos de comunicación, en especial la televisión, y por el
grueso de la oferta de entretenimiento banal audiovisual, de los espectáculos
musicales, de los folletines, de los espectáculos deportivos, de los anuncios
publicitarios. La sociedad es la sociedad del espectáculo, donde todo se
transforma en espectáculo, inclusive la política. El principal de estos nuevos cultos
es el culto del cuerpo, que se realiza a través del “body building”, de la
ingeniería plástica y de las dietas correctas de alimentación (la dieta de la
sopa, de las frutas, de las proteínas, del tipo sanguíneo, de las vitaminas...)
y sus héroes son los atletas, los artistas y las modelos de moda, mientras se
deprecia el espíritu y la cultura, más por la omisión que por el ataque
directo. El segundo culto es el del dinero en
que el empresario se presenta como el gran héroe, dinámico, astuto, trabajador
incansable en busca del éxito personal, procurando convencer a la gente que
todos pueden tornarse empresarios exitosos y ricos, si siguen las estrategias
descriptas en los títulos de la literatura de auto-ayuda empresarial: y ¿si Harry Potter dirigiese El mundo ideal, para los individuos
de la nueva sociedad del siglo XXI, de donde se ahuyentan las utopías,
ridiculizadas siempre que proponen enfrentar las desigualdades sociales y
modificar las estructuras de poder que las originan y mantienen, sería un mundo
sin gobiernos, sin violencia, sin drogas, sin políticos, sin normas, sin
impuestos, donde todos serían física y financieramente exitosos, atletas y
empresarios, un mundo en el que, por encima de todo, el Estado no existiría. El mundo real del siglo XXI En el mundo real del siglo XXI,
existen 192 Estados y un número aún mayor de naciones, y, por lo tanto, se
trata de un mundo en el que proliferan los conflictos y las divergencias dentro
y entre los Estados, y en que la elaboración permanente de normas y la
actividad política incesante son realidades inexorables. No sólo existen hoy 192 Estados,
sino que su número viene creciendo desde que, en 1946, Los conflictos armados durante el
siglo XX fueron los más sangrientos y destructivos de toda El aumento del número de Estados
derivó seguramente de la vitalidad y del éxito de los movimientos nacionalistas
en su lucha contra la dominación de los imperios coloniales y contra los
Estados, bajo cuya dominación se encontraban grupos nacionales irredentos, como
ocurría en Checoslovaquia, Yugoslavia y en La formación de los Estados fue
seguramente distinta en Europa, en América Latina, en África y en Asia. Los
Estados actuales, en especial en América Latina, donde las instituciones de las
poblaciones locales existentes en la época de la conquista fueron, a veces,
totalmente eliminadas, como en el caso de México y de Perú; o eran frágiles,
como en el caso de Brasil, son el resultado de la evolución del transplante de
las instituciones europeas hecho por las metrópolis para sus colonias. El caso
de Bolivia es de gran interés, y tal vez inédito, por ser un intento de
recuperar instituciones originales indígenas. En África, un siglo y medio más
tarde, las colonias tuvieron fronteras arbitrariamente trazadas que
sobrevivieron al proceso de descolonización, separando etnias, idiomas y
tradiciones y dando una razón para los conflictos que todavía tienen su
verdadero origen en disputas por la explotación de recursos naturales. En Asia,
la colonización europea se hizo de forma más indirecta y encontró
sistemas políticos y administrativos mucho más sofisticados a los cuales se
superpuso. Hoy aquellas formas anteriores de
organización, o por lo menos su espíritu, sobrevivieron en las organizaciones
políticas del Estado asiático. Por otro lado, el actual proceso de integración
europea no es un proceso de eliminación del Estado y de sus características
fundamentales sino de unificación gradual de Estados independientes que ceden
parte de su soberanía a los órganos supra-nacionales de El capitalismo y la campaña por el
fin del Estado El capitalismo moderno tiene como
fundamento la propiedad privada de los medios de producción y como objetivo
principal el lucro. Este objetivo supremo torna indispensable la permanente
expansión de la producción la cual depende de la división del trabajo y de la
extensión del mercado. Cuanto mayor es la extensión del
mercado mayor es la posibilidad de división del trabajo, mayor la productividad,
mayor la producción, mayor el consumo, mayor el lucro y mayor la felicidad
humana, ya que, según argumentó Jeremy Bentham, sería imposible medir el grado
de felicidad humana. Aunque se podría considerar que cuantos más bienes el
individuo (y la comunidad) pueda consumir mayor será su “felicidad”. De ahí la
alegría con la que se saludan los incrementos del PBI, mientras se constata el
alto grado de insatisfacción del individuo común, incluso en aquellos países
más desarrollados. Claro está que, para las masas de excluidos, el aumento de
su “felicidad” solamente podrá darse cuando consigan alcanzar niveles mínimos y
dignos de consumo de bienes físicos y culturales. Así, el capitalismo, como forma de
organización de la producción, de la distribución y del consumo de bienes,
desde sus orígenes procuró ampliar los mercados a través de la incorporación de
una forma pacífica o violenta de poblaciones y de territorios a su sistema de
producción y asegurar la existencia de sistemas políticos de elaboración y de
ejecución de normas que garanticen su expansión y su funcionamiento pacífico. Este proceso de formación de
mercados, en principio locales, en seguida regionales, después nacionales,
posteriormente continentales y, finalmente, globales fue interrumpido en el
período que transcurrió entre 1914 y 1989, en que se verificaron las dos
Guerras Mundiales, La caída del Muro de Berlín, la
retirada de las tropas soviéticas de Europa Oriental y de Afganistán, la
desintegración de El proceso de globalización, a comienzos
del siglo XXI, que corresponde a la expansión del capitalismo y a su permanente
transformación tecnológica, para ser eficiente (es decir maximizar el lucro)
requiere de la uniformidad de las normas que regulan la actividad económica en
los distintos territorios soberanos. Exige también, retirar de la arena de la
política la cuestión económica, estableciendo como verdad absoluta e intocable
la política neo-liberal en sus preceptos fundamentales de propiedad privada y
de libre juego de las fuerzas de mercado que exigen, en consecuencia, programas
de privatización (que llega hasta a la seguridad y a los presidios), de
desregulación y de apertura comercial y financiera, de reducción de impuestos
sobre el capital y de no-discriminación entre capital nacional y capital
extranjero. Para colaborar de forma poderosa con
esta uniformidad de normas, nada más útil que la elaboración de teorías que
aboguen por el fin de los Estados nacionales (y de los nacionalismos), el fin
de las fronteras, los beneficios del Estado-mínimo, acompañados de la
negociación de normas internacionales que lleven a la adopción por parte de los
Estados soberanos (en la imposibilidad de su sujeción política por parte de la
fuerza) de aquellas políticas neoliberales, tornando ilegales, e incluso
“absurdas”, cualesquiera otras políticas diferentes. Finalmente, la idea de que
la globalización económica para ser eficiente depende de una gobernanza
política global que asegure su funcionamiento e impida tentativas nacionales de
reversión y de limitación de los derechos de acción de las mega-empresas transnacionales.
Todavía, paradójicamente, el propio proceso de globalización, en la medida en
que no existe un Estado mundial, necesita de Estados nacionales para
internalizar las normas negociadas internacionalmente y garantizar su vigencia. En la periferia del sistema
económico y político mundial, donde se encuentran los Estados que son
ex-colonias tales como Brasil, las disparidades de renta y de poder son
extraordinarias dentro de sus territorios así como entre estas ex-colonias y
los países que integran el centro desarrollado y poderoso del sistema
internacional. Las crecientes disparidades de poder entre el centro y la
periferia del sistema, que pueden ser constatadas por la creciente brecha de la
renta per-cápita y de acumulación de la capacidad militar entre Estados
desarrollados y en desarrollo, hacen que los Estados, única entidad en la
periferia capaz de enfrentar el poder de las mega-empresas transnacionales, de
las agencias “internacionales” y de los Estados desarrollados, estén obligados,
a mantener la convivencia pacífica entre los sectores de la población
alcanzados por las políticas neo-liberales dentro de sus territorios procurando
ejecutar políticas de desarrollo y de combate a la pobreza que, muchas veces,
significan restricciones al proceso de formación de mercados globales y al
libre juego de las fuerzas de mercado. Tales políticas son llamadas nacionalistas
y “populistas” y sus defensores son acusados, criticados y ridiculizados por la
prensa la cual, hoy en la práctica, es constituida por empresas transnacionales
de entretenimiento e información y se encuentran íntimamente vinculadas a las
mega-empresas transnacionales y dependientes de ellas, no sólo de sus intereses
ideológicos comunes, en la calidad de empresas privadas que son, sino por el
sistema de anuncios. Los desequilibrios de población ,
territorio, producto, fuerzas armadas y desarrollo tecnológico entre los países
del centro y los países de la periferia tornan, en la práctica, imposible y
utópica la idea de gobierno mundial la cual es convenientemente sustituida por
la de gobernabilidad global, la cual en la práctica pasa a ser ejercida por los
organismos internacionales que fueron creados luego de Las tentativas permanentes de los
Estados en el centro del sistema de imponer sus políticas económicas y
sociales, las crecientes asimetrías de riqueza y de poder entre las sociedades
del centro y las de la periferia, la creciente brecha entre ellas, y la tentativa
de los Estados del centro de imponer a la periferia, por la violencia o por la
presión económica, cambios en el régimen político y económico, hacen resurgir
con más fuerza los movimientos anti-globalización y los nacionalismos. Los atentados del 11 de Septiembre
de 2001 así como los movimientos migratorios constantes, provenientes de la
diferencia de oportunidades para los individuos entre la periferia y el centro,
a la que se suman olas migratorias periódicas derivadas de conflictos y de
catástrofes naturales, hicieron resurgir en los países altamente desarrollados,
los nacionalismos xenófobos. Por otro lado, el desarrollo económico en China y
en India agregó una fuerte demanda por energía, alimentos y minerales lo que
llevó a la acumulación de enormes reservas por parte de los países exportadores
de petróleo, de gas, de minerales y de commodities agrícolas. La decisión de
estos países de invertir tales recursos (de los “fondos soberanos”) en empresas
de los países del centro del sistema mundial, ha provocado un movimiento
inédito que procura imponer restricciones a los flujos de capital extranjero
que se dirigen en los países centrales, cuyos dirigentes y analistas argumentan
que estas restricciones son necesarias por razones políticas estratégicas. Esta rápida expansión de la demanda
por energía, por minerales, por alimentos de parte de países como China e
India, que resultó de su legítima aspiración de alcanzar niveles de consumo
dignos para sus poblaciones que, sumadas, corresponden a cerca de un tercio de
la población mundial, agregada a la demanda de las sociedades occidentales,
tiene un enorme impacto sobre el ambiente, en especial sobre el cambio
climático, cuyos efectos, para ser evitados, tornarían casi imprescindible una
mayor intervención del Estado en la economía, lo que afectaría el dínamo físico
e ideológico del capitalismo. Todavía, la academia, los organismos
internacionales, la prensa y los gobiernos de los países altamente
desarrollados siguen convencidos de que, para los países de la periferia, el nacionalismo,
que es lo opuesto al cosmopolitismo globalizador, y el “populismo”, que es lo
opuesto al liberalismo radical, son el mal gemelo a ser atacado y erradicado a
cualquier precio. Para estos países sub-desarrollados lo mejor, para su bien (o
mal) sería entregarse a los caprichos de las olas violentas
de la globalización radical y salvaje, cuyos méritos son alabados día y noche a
pesar de las crisis económicas provenientes de la desregulación, de la
especulación de los mercados financieros, de la creciente brecha económica y
social entre el centro y la periferia del sistema y del renacer en los países
centrales del nacionalismo económico y del nacionalismo xenófobo contra los
inmigrantes de la periferia. La periferia siempre es vista como inferior por
ser negra, india o amarilla, bárbara, infiel y turbulenta. No obstante, los Estados de la
periferia, superadas las ilusiones del fin de |