Nación, nacionalismo y Estado

 

Samuel Pinheiro Guimarães

Septiembre 2008

 

Definiciones

 

La Nación, en su sentido político moderno, es una comunidad de individuos vinculados social y económicamente, que comparten un territorio, que reconocen la existencia de un pasado común, aunque discrepen sobre determinados aspectos del mismo; que tiene una visión en común sobre el futuro; y que creen que éste será mejor si se mantienen unidos, en vez de separados, aunque algunos aspiren a modificar la organización social de la nación y su sistema político (el Estado).

 

En este sentido, es posible hablar de una nación brasileña, de una nación mexicana, de una nación india, de una nación americana y así sucesivamente, aunque grupos sociales dentro de estas naciones puedan tener interpretaciones diferentes sobre su pasado y aspiraciones distintas sobre su futuro en común, sin que, todavía, ningún grupo significativo llegue a desear y a luchar por la secesión.

 

Nacionalismo es el sentimiento de considerar a la nación a la que se pertenece, por una razón o por otra, mejor que a las demás y por lo tanto, con más derechos. Las manifestaciones extremas de este sentimiento son la xenofobia, el racismo y la arrogancia imperial.

 

Nacionalismo es, también, el deseo de afirmación y de independencia política frente a un Estado extranjero opresor o, cuando el Estado se tornó independiente, el deseo de asegurar a sus nacionales, dentro de su territorio, un tratamiento mejor, o por lo menos igual, al concedido al extranjero, sea éste una persona física o jurídica. Los movimientos nacionalistas significativos desde el punto de vista político, (cuyas manifestaciones históricas más simples devienen de la identidad étnica, lingüística o de pertenencia a una organización política), tienen como su principal objetivo el establecimiento de un Estado o la modificación de sus políticas para defender o priorizar  los intereses de sus integrantes.

 

Nacionalismo

 

El preconcepto de considerar a su nación mejor que a las demás, tiene su origen en la idea de que las divinidades habrían escogido a un pueblo, o a una cierta nación, como elegida (i.e. un conjunto de individuos que adoraban a una cierta divinidad). El caso del pueblo judío, el llamado pueblo elegido, es clásico y esta convicción tiene consecuencias políticas hasta el día de hoy, siendo tal vez el Oriente Próximo el principal y más complejo foco de tensión en el mundo. Japón es otro caso interesante, en la medida que el Emperador era considerado Hijo del Sol y como tal simbolizaba el vínculo concreto entre su pueblo y la divinidad suprema. China, tradicionalmente, se consideraba tan superior a los pueblos vecinos e incluso distantes que no admitía mantener relaciones políticas en el nivel de Estados soberanos con otros. Estos podían, como máximo, ofrecer tributos al Imperio del Medio, centro de la civilización, cuyos emperadores se creía estaban directamente vinculados a las divinidades celestiales.

 

El caso de los Estados Unidos, civilización más reciente que la china, la judía y la japonesa (e incluso que la francesa, la alemana y la rusa), es distinto. Las raíces de su nacionalismo pueden encontrarse en la religión protestante. Ésta considera que el éxito material es una señal de aprobación divina, de la propia salvación o de predestinación. Desde un punto de vista colectivo, el éxito material de la sociedad americana significaría una señal de aprobación divina, de que sería elegida por el Señor y que, por esta razón, no sólo podría sino que debería asumir el papel de líder y modelo, para las demás sociedades y Estados.

 

Esta misión salvadora de los Estados Unidos se encuentra consignada en sus documentos de política externa. La declaración del Presidente George W. Bush de que habría, literalmente, hablado con Dios, señala la presencia creciente y la enorme influencia del fundamentalismo religioso, extremadamente conservador, belicoso y nacionalista. Aquélla es reveladora de una convicción de pueblo, de nación elegida y de superioridad, en relación a las demás naciones.

 

Uno de los principales movimientos nacionalistas se desarrolló en Alemania, basado en la superioridad de una supuesta raza aria, germánica y pura, que redundaría en la toma del Estado por el Partido Nacional Socialista, con terribles consecuencias para el mundo y especialmente para los que consideraba integrantes de las razas inferiores como los judíos, quienes fueron víctimas de una política de eliminación física: el Holocausto.

 

El nacionalismo en los países desarrollados, en especial en las Grandes Potencias y dada su pretensión de superioridad, redundó en políticas expansionistas y agresivas, tanto en el continente europeo como también en la formación de los imperios coloniales, con la noción explícita de inferioridad de los pueblos y de las culturas locales e incluso, eventualmente, la idea de que serían seres humanos distintos y hasta inferiores. En un ejemplo descarnado de esta pretensión, el General Westmoreland, entonces comandante en jefe de las fuerzas americanas en Vietnam, se refirió públicamente a los vietnamitas como seres diferentes “de nosotros”, justificando ciertas acciones de las tropas americanas.

 

Así, la característica central del sistema internacional, en los últimos quinientos años, desde el descubrimiento de las Américas ha sido el imperialismo y el colonialismo. Su fundamento de dominación, más allá de la fuerza, fue la ideología de la superioridad racial y civilizadora, en relación a las colonias y a sus pueblos. Así como la agresión que las metrópolis europeas, utilizando la fuerza, ejercieron sobre los sistemas políticos, sociales y culturales de las naciones dominadas. Esto también aconteció en el proceso de creación de los “imperios continentales”, como es el caso de la expansión territorial de los Estados Unidos rumbo al Oeste y de Rusia rumbo al Este y al Sur. La esclavitud fue la expresión máxima de esta dominación. Los esclavos eran considerados seres inferiores, sin alma, naturalmente sujetos al yugo y al arbitrio de sus señores. Lord Acton, en un artículo publicado en 1862, afirmaba que los Estados más perfectos son aquellos que como el Imperio Británico y el Austríaco incluían a varias nacionalidades distintas sin oprimirlas, porque “las razas inferiores se elevan al vivir en unión política con razas intelectualmente superiores”.

 

En los países de la periferia, ex-colonias, o ex-semicolonias, el nacionalismo tiene una naturaleza radicalmente distinta a los movimientos que se desarrollaron en Europa. Éstos tuvieron su reputación manchada por la experiencia del nazi-fascismo, la cual tenía además seguidores y simpatizantes ardientes en varios países europeos, más allá de Alemania e Italia. Los actuales “cosmopolitas” utilizan muchas veces una identificación errónea entre el nacionalismo europeo y el de la periferia, despreciando a los movimientos anti-colonialistas, anti-imperialistas y hoy anti-globalización, a los que acusan de “nacionalistas” (agregando el término populista). Los citados movimientos, en las diversas colonias, con la variación natural de tiempo y espacio, fueron de afirmación de su nacionalidad, de recuperación de tradiciones, de idioma, de autonomía política y de independencia. Inicialmente respecto de las metrópolis coloniales europeas y luego se transformaron en movimientos de afirmación política y de desarrollo económico independiente de aquéllos Estados que habían sido colonias.

 

Nación

 

Con el fin del Imperio Romano, las tribus bárbaras invadieron y ocuparon las provincias romanas estableciendo feudos o territorios en los que los diversos líderes tribales tenían reconocida su soberanía política y militar, aunque de manera más o menos limitada. Allí se establecieron, por primera vez, por la diferenciación de idiomas y de razas, la fusión de los habitantes, las lenguas locales y el latín popular, las semillas de las naciones y de los Estados modernos. En este proceso, la Iglesia tuvo una especial relevancia en la medida en que los señores feudales se convirtieron al cristianismo, reconociendo la autoridad de Roma.

 

Estos sistemas feudales, débilmente sometidos a un poder central, en general al señor de un feudo más grande, desde el punto de vista territorial y poblacional, correspondían a un conjunto territorios pequeños, resultado de los diversos sistemas de herencia política y también patrimonial. A ello hay que añadir el régimen de primogenitura y los casamientos. Las divergencias sobre derechos hereditarios, las guerras de conquista y la relación personal patrimonial de los señores feudales con sus territorios provocaban que, periódica y eventualmente, las poblaciones de distintos orígenes fuesen sometidas a la soberanía de distintos señores.

 

Así, se formaron los Estados nacionales europeos, los cuales no se correspondían con naciones homogéneas sino que agrupaban a poblaciones de distintos orígenes étnicos, con diferentes grados de mestizaje, con distintas tradiciones y a veces religiones y en los cuales gobernaban regímenes absolutistas, cuyo fundamento era la doctrina del derecho divino de los reyes sobre todos sus súbditos (inclusive los nobles descendientes de los señores feudales). Éstos monarcas se apoyaban mutuamente en esta pretensión y tenían el apoyo ideológico de Roma, hasta que el protestantismo se opuso ferozmente -en guerras sangrientas- a algunos de estos Estados absolutos, que continuaban creyendo y defendiendo la doctrina del derecho divino de los reyes.

 

La idea de que el Estado nace con la nación no corresponde a la realidad, en la mayor parte de los casos. La nación sería de hecho una construcción ideológica posterior, muchas veces del mismo Estado. La emergencia natural de las naciones habría sido en realidad imposible debido a la ignorancia de las masas, a la diversidad de etnias y de religiones, a la ausencia de tradiciones reales, efectivas, a la tardía fijación de las lenguas y a las difusas tradiciones orales. Por lo tanto, la emergencia de una nación, habría sido posible luego de la organización de la administración central del Estado y como consecuencia de los programas de educación pública, del servicio militar y de la voluntad de los dirigentes de unificar a las poblaciones. Aún, si esto ocurre i.e. si las naciones fueron construidas por los Estados, se torna necesario esclarecer como surgieron éstos últimos.

 

Nación y nacionalismo, a pesar de ser conceptos difusos, corresponden a realidades que tuvieron y tienen un fuerte impacto sobre la realidad política. Se encuentran estrechamente vinculadas a otro concepto que, no obstante, es el hecho más concreto de la realidad cotidiana de todos los individuos: el Estado. Todas las cuestiones teóricas y prácticas relativas a la nación y al nacionalismo, por ejemplo, en qué medida a cada nación le corresponde un Estado; si las naciones para ser consideradas tales deberían ser étnica, idiomática o religiosamente homogéneas; si el nacionalismo sería siempre una manifestación política perversa y peligrosa; si tiende al nazismo y así sucesivamente, pasan a tener un interés especial cuando son examinados a la luz de la noción y de la realidad del Estado.

 

La formación primitiva de los Estados

 

A pesar de las diferencias en el proceso de formación y de evolución de los actuales Estados, una descripción general, un tanto esquemática puede elaborarse. Ésta tendría que ajustarse y calificarse, con los cambios necesarios, a cada circunstancia histórica y geográfica de Estados específicos, pero cuya dinámica general podría considerarse razonablemente válida para todos.

 

La diversificación de las actividades productivas y de las funciones sociales acarreaba, en las sociedades más primitivas, conflictos de intereses que tornaban necesaria la vigencia de normas que disciplinasen las relaciones entre los individuos y los grupos y que, aceptadas, o impuestas, como válidas para todos, permitieran la convivencia pacífica, sin que fuese necesario recurrir permanentemente a la fuerza y a la violencia, para garantizar la obediencia.

 

La lucha por la hegemonía (i.e. por el derecho de extraer riquezas naturales en cierto territorio y de organizar el trabajo humano), llevaba a la sujeción de unas comunidades por otras y a la definición de territorios y de fronteras, dentro de las cuales aquélla se ejercía por la definición de normas y por la capacidad de hacerlas aceptar, si es necesario por la fuerza. Los grupos hegemónicos en cada sociedad definían, a través de procesos más o menos formales, las reglas que debían obedecerse en un determinado territorio que controlaban y que, en caso de ser ignoradas, serían impuestas por la fuerza. Los grupos hegemónicos en cada sociedad procuraban justificar y explicar su hegemonía a través de supuestos vínculos con las divinidades protectoras que les conferían el derecho de gobernarlas y de elaborar las normas de conducta y de cuidar por su cumplimiento.

 

Las fronteras separaban territorios geográficos dominados por distintos grupos hegemónicos, cuyos líderes procuraban acentuar las diferencias que existían en términos de cultura, idioma, tradiciones y prácticas religiosas, entre las comunidades separadas por fronteras incentivando la rivalidad y las nociones de superioridad, que caracterizan a los nacionalismos.

 

Las fronteras definen los límites físicos del ejercicio de hegemonía (de soberanía) de los diversos grupos establecidos que, como resultado de procesos de lucha, se protegieron con obstáculos naturales (mares, lagos, ríos y cadenas de montañas) del ejercicio eficaz de la fuerza por parte de sus competidores cuando las distancias eran muy significativas para el desarrollo de tradiciones e idiomas distintos.

 

En la medida en que las sociedades se tornaban más populosas, surgía la necesidad de organizar instituciones permanentes, encargadas de elaborar las normas de conducta, de asegurar la obediencia a ellas y de financiar su funcionamiento, a través de la recaudación de tributos. En las comunidades primitivas y menores, todos los individuos podían participar de la elaboración de normas sociales y todos podían, en principio, participar de los organismos sociales encargados de velar por la obediencia a estas normas.

 

Cuando las comunidades crecían en población y diversificaban las actividades productivas, los individuos dejaban de participar directamente de los procesos de elaboración y de ejecución de normas, así como de solución de conflictos. Se tornaba necesario elegir representantes, para gobernar a las sociedades a través de sistemas cuyas diferencias derivaban, como definió Aristóteles en la política, de un juicio apriorístico sobre la naturaleza humana. La cuestión básica, según Aristóteles, sería la de saber si todos los individuos serían esencialmente iguales o desiguales. En caso de ser desiguales, si una familia podría considerarse mejor que las demás; o si algunos individuos serían considerados esencialmente mejores que los demás. Dependiendo de la naturaleza de esta convicción apriorística, los regímenes políticos posibles serían la democracia, la monarquía y la oligarquía, con sus variantes. Es obvio, que nunca hubo un debate teórico sobre la naturaleza humana, previo a la definición de los regimenes políticos de las comunidades humanas, primitivas o no. Estos se definieron a partir del intenso conflicto de intereses, dentro de cada comunidad y de la lucha de los diversos grupos por la hegemonía.

 

Aún en la monarquía absoluta y en los regímenes autoritarios, el rey o el dictador no gobiernan en soledad, tampoco elabora normas de conducta ni garantiza la obediencia a las mismas. Tiene que valerse de auxiliares, nobles, ministros, apparatchiks o el nombre que tengan, a los cuales delega el ejercicio de parte de sus funciones y prerrogativas y de cuyo apoyo político y militar necesita para mantenerse en el poder. Es posible imaginar que, en el inicio, la elección de estos individuos se hacía principalmente en el seno de las familias de los grupos hegemónicos organizadores de la comunidad y de sus sistemas de producción y de defensa, contra otras comunidades.

 

Los distintos regímenes políticos, o formas de gobierno, son sistemas de selección de los representantes de una comunidad para ejercer las funciones públicas y financiar su ejercicio, que son legislar, ejecutar y juzgar. El conjunto de las instituciones que ejercen estas funciones (legislar, ejecutar y juzgar), en nombre del conjunto de los ciudadanos se llama Estado. Una función esencial y preliminar del Estado es la organización de su defensa en relación a las pretensiones territoriales de otros y así garantizar su soberanía sobre el territorio y la población que allí habita. El Estado, en su forma primitiva y de alcance poco incluyente, es esencial para la convivencia pacífica de los diversos grupos que habitan un determinado territorio y para la defensa de sus intereses, enfrentados con otras comunidades organizadas, bajo la forma de Estado. Los sistemas religiosos, con sus normas de conducta social y el poderoso instrumento de su sanción divina, formaban parte integrante de los Estados.

 

El Estado moderno detenta el monopolio del uso de la fuerza, que es su prerrogativa esencial e indispensable para el mantenimiento eficiente de un sistema de normas y de gobierno.

 

La evolución histórica de las comunidades primitivas, a través de las guerras, de la consecuente incorporación de territorios y de la sujeción de la población en ellos existente, llevó a la constitución de los Estados modernos. En aquellas circunstancias en que la incorporación de territorio y de población no fue aceptada se verifican hoy las reivindicaciones más o menos violentas por la autonomía o la independencia, tal como ocurre en España, en China, en Yugoslavia, en la ex-URSS, en Canadá, en Bélgica y en tantos otros países.

 

Esta evolución histórica de las comunidades y naciones, llevó a la constitución y a la definición de los territorios dentro de los cuales se ejerce la soberanía de cada uno de los 192 Estados actuales miembros de la Organización de las Naciones Unidas, cuya convivencia pacífica solamente se puede dar con obediencia a los principios de los Artículos 1 y 2 de la Carta: solución pacífica de controversias; derechos iguales y autodeterminación; respeto por los derechos humanos y libertades fundamentales; igualdad soberana; abstención de amenazas o uso de la fuerza contra la integridad territorial y la independencia política de cualquier Estado.

 

La Revolución Francesa en 1789, la Revolución Rusa en 1917 y la Revolución China en 1949, fueron tres grandes tentativas de modificación del sistema social y de la organización del Estado, con enormes reflejos en la historia de la humanidad. La primera desencadenó el proceso de eliminación de los derechos feudales y la transformación de las monarquías absolutas en Europa (y de sus imperios coloniales, en especial en América Latina), afirmando que “cada pueblo es independiente y soberano”. La segunda inició la primera experiencia de un modelo social y político alternativo al capitalismo y al liberalismo, reforzando la idea de la autodeterminación de los pueblos, en competencia con los Estados Unidos, que la defendía solamente para los europeos. La tercera inició el proceso de transformación del Estado y de su economía con las consecuencias que hoy hacen que China, creciendo a un promedio del 10% anual en los últimos veinte años, se ha transformado en la segunda mayor potencia económica del mundo.

 

La visión del Estado a comienzos del siglo XXI

 

La sociedad actual se caracteriza por la concentración de riqueza y de poder, por la transformación tecnológica acelerada, por la inestabilidad social, por la ansiedad y frustración individual, por el fundamentalismo religioso y por el consumo de productos que alteran la conciencia, tales como el alcohol, la cocaína, el éxtasis y otros narcóticos.

 

En esta sociedad moderna, ya sea altamente desarrollada o sub-desarrollada, el control del Estado, esto es, del sistema de normas y de instituciones que definen y garantizan las características fundamentales del sistema de producción y que, no importa la razón, consagra ciertos privilegios, es esencial para las clases dominantes.

 

Aún, en el sistema democrático moderno, (resultado de una historia de luchas y de conquistas de los sectores oprimidos de la sociedad), a cada ciudadano, concepto éste que fue definido de formas diferentes, a través del tiempo y del espacio, le cabe un voto en el proceso de elección de los dirigentes del Estado. Por otro lado, en el capitalismo a cada unidad monetaria le corresponde un “voto” en el mercado. Las decisiones sociales sobre lo qué producir, cómo producir, cómo consumir y los beneficios que derivan de estas decisiones se encuentran altamente concentradas en las manos de las mega-empresas, de sus accionistas-propietarios y de sus delegados (o mejor empleados), los llamados ejecutivos.

 

El gran y permanente desafío que tienen que enfrentar los que detentan el poder económico en una sociedad moderna de régimen democrático, en el que a cada ciudadano le corresponde un voto, consiste en como transformar el poder económico en político. Esta transformación es esencial para garantizar la supervivencia de las normas fundamentales del sistema económico y social y para promover (en la medida en que esto se torna necesario), su modificación controlada, reformista y no-revolucionaria, i.e. sin alterar las relaciones fundamentales de propiedad. En los orígenes de la democracia liberal tal desafío no se presentaba, pues el régimen era censitario. Los individuos sólo eran ciudadanos en la medida en que tenían cierta renta, o propiedad, o pagaban impuestos.

 

La primera meta, en el proceso de transformar el poder económico en poder político, consiste en alejar a la masa de ciudadanos de las actividades del Estado y de la política, por las cuales se controla al Estado, o se reduce al mínimo y controla la participación de aquélla masa. Por ello es necesario difundir una imagen negativa del Estado y de la política en el seno de la masa de la sociedad, aunque no entre los que componen sus elites.

 

La imagen del Estado que se difunde en la sociedad actual, en la que predominan los valores individualistas, exaltados por la prensa, por el sistema educativo y hasta por las religiones, es que el Estado es el moderno Leviathan, la fuente de todo Mal.

 

De acuerdo con esta visión, el cobro de impuestos extorsivos (por menores que sean en realidad) para alimentar a una burocracia parasitaria, que se complace en elaborar millares de regulaciones inútiles y confusas, que estimulan la corrupción y obstaculizan la libertad y la creatividad del individuo, puro y feliz originalmente, deviene de la existencia de un Estado que todos los días infringe la libertad individual y entorpece el desarrollo de la sociedad. Esta visión, que persiste a través de los siglos, se origina en la crítica a las prácticas arbitrarias de las monarquías absolutas del Renacimiento y del Iluminismo, contra las cuales la burguesía naciente y sus representantes políticos lucharon para poder implantar el capitalismo y el liberalismo como formas de organización económica y política, en una época anterior a la revolución industrial y a la revolución tecnológica.

 

En este Estado Leviathan del siglo XXI, reinaría maléficamente el político, el hombre de Estado, el hombre del Mal. Incompetente, incapaz de enfrentar los males que afligen a la sociedad; mentiroso, ilusiona a los ciudadanos a quienes periódicamente traiciona; xenófobo, estimula los conflictos y es corrupto. Además defiende a los intereses extranjeros, o los intereses de los poderosos o de los incompetentes sociales que fracasaron en la lucha individualista por el éxito, mientras se aprovecha de las “ventajas” de los cargos que ocupa.

 

El desprecio y hasta el horror por la política (y por los políticos) es sistemática y cotidianamente estimulada por los medios de comunicación masivos, que procuran hacer creer a los integrantes de las clases medias y trabajadoras que la actividad política no es digna de un “hombre de bien”, que éste debe dedicarse exclusivamente a su actividad profesional ya sea un obrero, un empleado, un técnico o un profesional liberal, bajo el riesgo de corromperse.

 

En la estrategia de estimular este horror y desprecio (con el objetivo de apartar a las “clases inferiores” de la tentación de gobernar la sociedad) es necesario desmovilizar a estas “clases”, desviar y distraer su atención, lo que es tanto más importante cuanto más desigual y excluyente sea la sociedad y, por lo tanto, cuanto mayor sea la ostentación de riqueza y más agresiva la miseria.

 

La distracción de la atención de las grandes masas trabajadoras y de las clases medias se hace por la creación de nuevos cultos y la promoción de los héroes de estos nuevos cultos. La promoción de estos nuevos cultos y la promoción de estos nuevos héroes, es hecha a través de los medios masivos de comunicación, en especial la televisión, y por el grueso de la oferta de entretenimiento banal audiovisual, de los espectáculos musicales, de los folletines, de los espectáculos deportivos, de los anuncios publicitarios. La sociedad es la sociedad del espectáculo, donde todo se transforma en espectáculo, inclusive la política.

 

El principal de estos nuevos cultos es el culto del cuerpo, que se realiza a través del “body building”, de la ingeniería plástica y de las dietas correctas de alimentación (la dieta de la sopa, de las frutas, de las proteínas, del tipo sanguíneo, de las vitaminas...) y sus héroes son los atletas, los artistas y las modelos de moda, mientras se deprecia el espíritu y la cultura, más por la omisión que por el ataque directo.

 

El segundo culto es el del dinero en que el empresario se presenta como el gran héroe, dinámico, astuto, trabajador incansable en busca del éxito personal, procurando convencer a la gente que todos pueden tornarse empresarios exitosos y ricos, si siguen las estrategias descriptas en los títulos de la literatura de auto-ayuda empresarial: y ¿si Harry Potter dirigiese la General Electric?;.las parejas inteligentes son ricas; el Tao de Warren Buffet; Sun Tzu- el Arte de la Guerra para los Ejecutivos, etc. El empresario es así el héroe que enfrenta al político villano, es víctima y adversario del Estado, da empleo a las masas, está a favor de la paz. Los héroes de estos dos nuevos cultos son los modelos para los jóvenes y el escarnio de los ancianos que ya no pueden ser atletas ni empresarios, fracasados por no ser ricos y cuya experiencia no tiene valor en la sociedad de lo nuevo y de la obsolescencia programada.

 

El mundo ideal, para los individuos de la nueva sociedad del siglo XXI, de donde se ahuyentan las utopías, ridiculizadas siempre que proponen enfrentar las desigualdades sociales y modificar las estructuras de poder que las originan y mantienen, sería un mundo sin gobiernos, sin violencia, sin drogas, sin políticos, sin normas, sin impuestos, donde todos serían física y financieramente exitosos, atletas y empresarios, un mundo en el que, por encima de todo, el Estado no existiría.

 

El mundo real del siglo XXI

 

En el mundo real del siglo XXI, existen 192 Estados y un número aún mayor de naciones, y, por lo tanto, se trata de un mundo en el que proliferan los conflictos y las divergencias dentro y entre los Estados, y en que la elaboración permanente de normas y la actividad política incesante son realidades inexorables.

 

No sólo existen hoy 192 Estados, sino que su número viene creciendo desde que, en 1946, la Carta de las Naciones Unidas fue suscrita por sus Estados miembros fundadores. Los Estados miembros de la ONU de 51 en 1946, pasaron a 152 en 1980 y a 192 en 2008, y, en la medida en que los nacionalismos se agudizan, estimulados o no, otros pueden surgir, como fue el caso reciente del Estado de Kosovo, de gran inviabilidad, pero que abre un importante precedente afectando los intereses estratégicos de los Estados Unidos y de Europa. El estímulo a los nacionalismos locales en Europa debilita al nuevo nacionalismo europeo, que se concretaría en la “ciudadanía europea”, tornando más difícil la acción política de la Unión Europea, mientras que el estimulo a los nacionalismos en la periferia tiene el efecto de debilitar a los grandes Estados como China, India y Rusia. Políticamente, se fortalecen los nacionalismos lo que debilita a esos grandes competidores; económicamente, esto perjudica el proceso de globalización al multiplicar el número de Estados.

 

Los conflictos armados durante el siglo XX fueron los más sangrientos y destructivos de toda la Historia de la humanidad. A su vez, el fin de los regímenes comunistas, a cuya existencia y acción se atribuían los conflictos entre Estados, no redujo el número ni la intensidad de estos conflictos.

 

El aumento del número de Estados derivó seguramente de la vitalidad y del éxito de los movimientos nacionalistas en su lucha contra la dominación de los imperios coloniales y contra los Estados, bajo cuya dominación se encontraban grupos nacionales irredentos, como ocurría en Checoslovaquia, Yugoslavia y en la Unión Soviética.

 

La formación de los Estados fue seguramente distinta en Europa, en América Latina, en África y en Asia. Los Estados actuales, en especial en América Latina, donde las instituciones de las poblaciones locales existentes en la época de la conquista fueron, a veces, totalmente eliminadas, como en el caso de México y de Perú; o eran frágiles, como en el caso de Brasil, son el resultado de la evolución del transplante de las instituciones europeas hecho por las metrópolis para sus colonias. El caso de Bolivia es de gran interés, y tal vez inédito, por ser un intento de recuperar instituciones originales indígenas. En África, un siglo y medio más tarde, las colonias tuvieron fronteras arbitrariamente trazadas que sobrevivieron al proceso de descolonización, separando etnias, idiomas y tradiciones y dando una razón para los conflictos que todavía tienen su verdadero origen en disputas por la explotación de recursos naturales. En Asia, la colonización  europea se hizo de forma más indirecta y encontró sistemas políticos y administrativos mucho más sofisticados a los cuales se superpuso.

 

Hoy aquellas formas anteriores de organización, o por lo menos su espíritu, sobrevivieron en las organizaciones políticas del Estado asiático. Por otro lado, el actual proceso de integración europea no es un proceso de eliminación del Estado y de sus características fundamentales sino de unificación gradual de Estados independientes que ceden parte de su soberanía a los órganos supra-nacionales de la Unión Europea. Este es un fenómeno similar al que ocurrió en el pasado en Alemania y en Italia y no tiene nada que ver con alguna supuesta tendencia histórica al fin de las fronteras, pero sí corresponde a un rediseño de fronteras y de ciudadanía. Se trata de la formación gradual de un nuevo (y enorme) Estado en un proceso similar, pero de ninguna forma igual (pues los Estados en la Unión Europea aún conservan un número mucho mayor de prerrogativas soberanas) al que sucedió en la formación de los Estados Unidos, de Alemania y de Italia.

 

El capitalismo y la campaña por el fin del Estado

 

El capitalismo moderno tiene como fundamento la propiedad privada de los medios de producción y como objetivo principal el lucro. Este objetivo supremo torna indispensable la permanente expansión de la producción la cual depende de la división del trabajo y de la extensión del mercado.

 

Cuanto mayor es la extensión del mercado mayor es la posibilidad de división del trabajo, mayor la productividad, mayor la producción, mayor el consumo, mayor el lucro y mayor la felicidad humana, ya que, según argumentó Jeremy Bentham, sería imposible medir el grado de felicidad humana. Aunque se podría considerar que cuantos más bienes el individuo (y la comunidad) pueda consumir mayor será su “felicidad”. De ahí la alegría con la que se saludan los incrementos del PBI, mientras se constata el alto grado de insatisfacción del individuo común, incluso en aquellos países más desarrollados. Claro está que, para las masas de excluidos, el aumento de su “felicidad” solamente podrá darse cuando consigan alcanzar niveles mínimos y dignos de consumo de bienes físicos y culturales.

 

Así, el capitalismo, como forma de organización de la producción, de la distribución y del consumo de bienes, desde sus orígenes procuró ampliar los mercados a través de la incorporación de una forma pacífica o violenta de poblaciones y de territorios a su sistema de producción y asegurar la existencia de sistemas políticos de elaboración y de ejecución de normas que garanticen su expansión y su funcionamiento pacífico.

 

Este proceso de formación de mercados, en principio locales, en seguida regionales, después nacionales, posteriormente continentales y, finalmente, globales fue interrumpido en el período que transcurrió entre 1914 y 1989, en que se verificaron las dos Guerras Mundiales, la Gran Depresión de 1929 y la Revolución Bolchevique de 1917 que implantó el régimen socialista en Rusia y que se expandiría hacia Europa Oriental, China y Asia. El proceso de descolonización, por su parte, llevaría, en muchos Estados de independencia reciente, a la organización de sistemas de producción de economía mixta con alto grado de participación del Estado, habiendo ocurrido lo mismo en América Latina. Estos eventos fragmentaron de diversas formas la economía mundial, interrumpiendo el proceso de globalización de mercados y de integración de la economía mundial y quizás por ello muchos analistas estimaron a estas señales como el preanuncio de una eventual, pero segura, derrota del capitalismo frente al comunismo.

 

La caída del Muro de Berlín, la retirada de las tropas soviéticas de Europa Oriental y de Afganistán, la desintegración de la Unión Soviética en quince Estados independientes, la adhesión al capitalismo de los antiguos regímenes comunistas europeos, la nueva política económica en China, la reorganización de las economías de las ex-colonias de la periferia a través de las condicionalidades vinculadas al proceso de renegociación de sus deudas externas, creó la oportunidad para que el proceso de globalización, i.e. de formación de mercados globales fuese retomado con todo el vigor ideológico y práctico, a través de la incorporación de estos “nuevos” territorios.

 

El proceso de globalización, a comienzos del siglo XXI, que corresponde a la expansión del capitalismo y a su permanente transformación tecnológica, para ser eficiente (es decir maximizar el lucro) requiere de la uniformidad de las normas que regulan la actividad económica en los distintos territorios soberanos. Exige también, retirar de la arena de la política la cuestión económica, estableciendo como verdad absoluta e intocable la política neo-liberal en sus preceptos fundamentales de propiedad privada y de libre juego de las fuerzas de mercado que exigen, en consecuencia, programas de privatización (que llega hasta a la seguridad y a los presidios), de desregulación y de apertura comercial y financiera, de reducción de impuestos sobre el capital y de no-discriminación entre capital nacional y capital extranjero.

 

Para colaborar de forma poderosa con esta uniformidad de normas, nada más útil que la elaboración de teorías que aboguen por el fin de los Estados nacionales (y de los nacionalismos), el fin de las fronteras, los beneficios del Estado-mínimo, acompañados de la negociación de normas internacionales que lleven a la adopción por parte de los Estados soberanos (en la imposibilidad de su sujeción política por parte de la fuerza) de aquellas políticas neoliberales, tornando ilegales, e incluso “absurdas”, cualesquiera otras políticas diferentes. Finalmente, la idea de que la globalización económica para ser eficiente depende de una gobernanza política global que asegure su funcionamiento e impida tentativas nacionales de reversión y de limitación de los derechos de acción de las mega-empresas transnacionales. Todavía, paradójicamente, el propio proceso de globalización, en la medida en que no existe un Estado mundial, necesita de Estados nacionales para internalizar las normas negociadas internacionalmente y garantizar su vigencia.

 

En la periferia del sistema económico y político mundial, donde se encuentran los Estados que son ex-colonias tales como Brasil, las disparidades de renta y de poder son extraordinarias dentro de sus territorios así como entre estas ex-colonias y los países que integran el centro desarrollado y poderoso del sistema internacional. Las crecientes disparidades de poder entre el centro y la periferia del sistema, que pueden ser constatadas por la creciente brecha de la renta per-cápita y de acumulación de la capacidad militar entre Estados desarrollados y en desarrollo, hacen que los Estados, única entidad en la periferia capaz de enfrentar el poder de las mega-empresas transnacionales, de las agencias “internacionales” y de los Estados desarrollados, estén obligados, a mantener la convivencia pacífica entre los sectores de la población alcanzados por las políticas neo-liberales dentro de sus territorios procurando ejecutar políticas de desarrollo y de combate a la pobreza que, muchas veces, significan restricciones al proceso de formación de mercados globales y al libre juego de las fuerzas de mercado.

 

Tales políticas son llamadas nacionalistas y “populistas” y sus defensores son acusados, criticados y ridiculizados por la prensa la cual, hoy en la práctica, es constituida por empresas transnacionales de entretenimiento e información y se encuentran íntimamente vinculadas a las mega-empresas transnacionales y dependientes de ellas, no sólo de sus intereses ideológicos comunes, en la calidad de empresas privadas que son, sino por el sistema de anuncios.

 

Los desequilibrios de población , territorio, producto, fuerzas armadas y desarrollo tecnológico entre los países del centro y los países de la periferia tornan, en la práctica, imposible y utópica la idea de gobierno mundial la cual es convenientemente sustituida por la de gobernabilidad global, la cual en la práctica pasa a ser ejercida por los organismos internacionales que fueron creados luego de la II Guerra Mundial para asegurar la paz, la seguridad política y la estabilidad económica o, cuando estos organismos por una razón u otra se verifican insuficientes o se tornan inconvenientes, por nuevas agencias internacionales, o multinacionales, a ser creadas.

 

Las tentativas permanentes de los Estados en el centro del sistema de imponer sus políticas económicas y sociales, las crecientes asimetrías de riqueza y de poder entre las sociedades del centro y las de la periferia, la creciente brecha entre ellas, y la tentativa de los Estados del centro de imponer a la periferia, por la violencia o por la presión económica, cambios en el régimen político y económico, hacen resurgir con más fuerza los movimientos anti-globalización y los nacionalismos.

 

Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 así como los movimientos migratorios constantes, provenientes de la diferencia de oportunidades para los individuos entre la periferia y el centro, a la que se suman olas migratorias periódicas derivadas de conflictos y de catástrofes naturales, hicieron resurgir en los países altamente desarrollados, los nacionalismos xenófobos. Por otro lado, el desarrollo económico en China y en India agregó una fuerte demanda por energía, alimentos y minerales lo que llevó a la acumulación de enormes reservas por parte de los países exportadores de petróleo, de gas, de minerales y de commodities agrícolas. La decisión de estos países de invertir tales recursos (de los “fondos soberanos”) en empresas de los países del centro del sistema mundial, ha provocado un movimiento inédito que procura imponer restricciones a los flujos de capital extranjero que se dirigen en los países centrales, cuyos dirigentes y analistas argumentan que estas restricciones son necesarias por razones políticas estratégicas.

 

Esta rápida expansión de la demanda por energía, por minerales, por alimentos de parte de países como China e India, que resultó de su legítima aspiración de alcanzar niveles de consumo dignos para sus poblaciones que, sumadas, corresponden a cerca de un tercio de la población mundial, agregada a la demanda de las sociedades occidentales, tiene un enorme impacto sobre el ambiente, en especial sobre el cambio climático, cuyos efectos, para ser evitados, tornarían casi imprescindible una mayor intervención del Estado en la economía, lo que afectaría el dínamo físico e ideológico del capitalismo.

 

Todavía, la academia, los organismos internacionales, la prensa y los gobiernos de los países altamente desarrollados siguen convencidos de que, para los países de la periferia, el nacionalismo, que es lo opuesto al cosmopolitismo globalizador, y el “populismo”, que es lo opuesto al liberalismo radical, son el mal gemelo a ser atacado y erradicado a cualquier precio. Para estos países sub-desarrollados lo mejor, para su bien (o mal) sería entregarse a los caprichos de las olas violentas de la globalización radical y salvaje, cuyos méritos son alabados día y noche a pesar de las crisis económicas provenientes de la desregulación, de la especulación de los mercados financieros, de la creciente brecha económica y social entre el centro y la periferia del sistema y del renacer en los países centrales del nacionalismo económico y del nacionalismo xenófobo contra los inmigrantes de la periferia. La periferia siempre es vista como inferior por ser negra, india o amarilla, bárbara, infiel y turbulenta.

 

No obstante, los Estados de la periferia, superadas las ilusiones del fin de la URSS, de un Nuevo Orden Mundial y de los beneficios de la globalización, proseguirán en sus esfuerzos de desarrollo económico, como en el caso de China; de afirmación política, como en el caso de la India; y de lucha contra la pobreza, como en el caso de Brasil. Pasarán a coordinar su acción internacional, propugnando: 1) la reforma de las Naciones Unidas y del órgano central del sistema político-militar internacional (Consejo de Seguridad); 2) la reforma del sistema comercial mundial, a través de la actuación del G20 en la Ronda de Doha; 3) la organización de Bloques de Estados, como en el caso de la Unión Africana; y 4) la reforma del sistema de combate al cambio climático y de la matriz energética. Solamente a través de su acción coordinada podrán defender su derecho al desarrollo y a la independencia política, en un sistema mundial que se caracteriza por la inestabilidad económica, por la violencia de los poderosos, por la desesperación de los débiles, por la pobreza y la riqueza extremas y por la amenaza a la sobre-vivencia de la humanidad.