EL PACTO ATLÁNTICO
EN LA GEOPOLÍTICA ESTADOUNIDENSE
PARA LA
HEGEMONÍA GLOBAL
Tiberio Graziani*
Mayo 2009
Alianzas y geopolítica
Mientras que en la teoría de las relaciones internacionales
los tratados de alianza (política o militar), entre Estados soberanos (1) son -
como sostienen algunos autores, entre quienes se encuentra, en particular,
Alessandro Colombo (2)- de difícil
definición a causa de su carácter ambiguo, en geopolítica, al contrario, son
más fácilmente interpretables, cuando son considerados como parte constituyente
de las estrategias de medio y largo plazo de los países signatarios concretos.
Precisamente gracias al conocimiento de las doctrinas geopolíticas de los
Estados aliados y al análisis de las posturas relativas, manifestadas en el arco
de largos periodos, es posible, de hecho, verificar si un tratado de alianza,
en concreto de alianza militar, es realmente un acuerdo entre iguales, o un
dispositivo en función del socio hegemónico (o de una coalición de socios
hegemónicos) que lo impone, diplomáticamente o de otra forma, a los otros
signatarios.
Un ejemplo eficaz de la función geopolítica de las alianzas
nos lo proporciona, en la era moderna, entre otros, el Tratado de la Haya, o de la Triple Alianza, de
1668. En aquella ocasión, Inglaterra, Suecia y Holanda se aliaron con la
finalidad de contener la expansión del Rey Sol (Luis XIV de Francia) en el
Flandes español y en el Franco Condado. La coalición asumió un preciso carácter
de dispositivo geopolítico, en apoyo de la política de dominio que buscaba
Inglaterra.
Antonio Zischka, en su singular historia
de las alianzas de Inglaterra, considera que el ascenso de Inglaterra a
protagonista europeo y mundial comenzó después de la Guerra de los Cien Años
(1337/1453), cuando “su naturaleza insular se afirmó netamente” (3), y recuerda
que todas las “grandes guerras de Inglaterra han sido combatidas […] en los
Países Bajos, ya que es más fácil poner en peligro el dominio británico sobre
el Canal de la Mancha”
(4). Asimismo, identifica en la Triple Alianza el instrumento diplomático y
militar a través del cual Holanda asume la función de “cabeza de puente” inglés
en el Continente.
El Tratado de la
Haya fue, por tanto, una alianza hegemónica. Ésta, de hecho,
constituyó la primera pieza de una amplia estrategia diplomático-militar tendiente
a debilitar a Holanda y, sobre todo, a instaurar un equilibrio sobre todo el
continente europeo, favorable a las miras inglesas. Esto resultará evidente
algunos años después, al concluir la
Guerra de los Nueve Años (1688/1697) que la Gran Alianza,
constituida por Inglaterra, España, Austria y Holanda, había iniciado contra
Luís XIV.
La lucha contra Francia, potencia continental en expansión,
nos recuerda Zischka, tuvo para Inglaterra, de hecho, “la
gran ventaja de que se desarrolló en suelo holandés determinando tal
debilitamiento de Holanda que sus naves salían a los mares, cada vez en menor
número; el comercio y la potencia financiera holandesa estaban en fuerte
declive, mientras que Inglaterra, en cambio, reflorecía” (5). Para
Zischka, precisamente gracias a su
posición insular Inglaterra desplazó el
predominio holandés.
Llegando a tiempos que nos resultan relativamente más
cercanos, siempre tratando las alianzas de Inglaterra en el marco de su secular
política de poder, dirigida a contener y hacer vanos los acuerdos de amistad
y/o de integración entre las naciones del continente europeo, vale la pena
citar, como otro ejemplo clarificador, el Acuerdo de Ayuda Recíproca entre el
Reino Unido y Polonia, firmado en Londres el 25 de Agosto de 1939.
Como se sabe, el Acuerdo de Amistad anglo-polaca firmado por
Lord Halifax y por el conde Rczynski constituyó una evidente violación del
Acuerdo que Alemania y Polonia habían estipulado el 26 de Enero de 1934, así
como una explícita intromisión en las delicadas relaciones entre el Reich
nacionalsocialista y la
URSS. Berlín y Moscú, de hecho, apenas dos días antes, el 23
de Agosto, habían suscrito un tratado de no agresión, que ha pasado a la
historia como el Pacto Molotov-Ribbentrop, por el nombre de los respectivos
ministros de asuntos exteriores. En tal circunstancia, el Reino Unido pretendía
utilizar, en el ámbito de un dispositivo diplomático-militar teóricamente
paritario, la posición de Polonia como “cuña” entre dos potencias
continentales, con el fin de invalidar, simultáneamente, tanto la creación de
un potencial eje Moscú-Berlín como los acuerdos germano-polacos, y alejar de
tal modo toda perspectiva de acoplamiento entre la península europea y la masa
asiática.
La acción de perturbación diseñada por Londres, mediante una
actividad de fino tejido diplomático, a la que no eran extraños los EUA (6),
era perfectamente coherente con la doctrina geopolítica británica, que había
hecho de la valoración de las tensiones entre las naciones continentales, un
elemento sustentante de la política de equilibrio (balance of power).
Los caracteres de la Alianza Nor-Atlántica
Los ejemplos citados nos permiten analizar, por comparación,
otro caso de alianza hegemónica: el caso, muy particular, del Pacto atlántico.
También aquí, el mayor beneficiario de la alianza en cuestión es una potencia
marítima, los Estados Unidos. La potencia del otro lado del Atlántico siempre
ha exaltado, en relación a la masa eurasiática (7), su carácter insular. EUA,
siguió una conducta similar a Inglaterra en relación al continente europeo y en
el ámbito de las relaciones de fuerza entre naciones, activando el criterio de
la política de equilibrio.
Los caracteres que distinguen el Pacto atlántico son al
menos tres: su larga duración, la limitación de la soberanía de la mayor parte
de los aliados, en beneficio de los EUA, y la agresividad de su organización (la OTAN).
En referencia a la primera característica, el Pacto
atlántico seguramente ha superado con mucho el límite temporal que parecía
subyacer, generalmente, a las coaliciones militares y que Tucídides había
fijado en torno a los treinta años (8).
A menudo, a propósito de la duración de la Alianza atlántica, que
precisamente este año cumple ya sesenta años, se considera su anomalía respecto
al principio que habría guiado siempre la política exterior de los EUA, el de
confiar sólo en alianzas temporales y
en casos de extraordinaria emergencia.
En realidad, cuando se trata esta cuestión, no se tienen en
cuenta al menos dos factores importantes: el primero, específico, contenido en
la formulación del principio guía que Washington planteó en su Farewell Address (9). Washington habló
de alianzas temporales, destinadas a mantener a los Estados Unidos “on a respectably defensive posture”,
refiriéndose con esto a los acuerdos que debían durar todo el tiempo necesario, para mantener a la Nación en una
posición defensiva (10); el segundo, de orden más general, hay que ponerlo en
relación con la pulsión mesiánica que, además de animar el patriotismo
estadounidense e impregnar su carácter nacional, condiciona y regula las elecciones
expansionistas e imperialistas de Washington (11).
El excepcionalismo mesiánico siempre ha sido para los
gobernantes estadounidenses una categoría a la que recurren para construir y
justificar las estrategias más convenientes para los intereses nacionales. La
“extraordinaria emergencia”, en la perspectiva religiosa veterotestamentaria,
propia de la tradición estadounidense, tendrá una duración que se dilatará con
la expansión de estos mismos intereses a escala mundial.
De hecho, la limitación
de la soberanía de muchos miembros de la Alianza Atlántica
se debe no sólo a su génesis, acaecida en un periodo en el que las naciones
europeas, que habían salido destruidas de la guerra, tenían escasa capacidad de
negociación con la potencia del otro lado del Océano; sino, principalmente, a
la serie de “medidas vinculantes de acompañamiento” que, constituida por
Acuerdos, Tratados y Cláusulas secretas entre los Países europeos específicos y
los EUA, ha supuesto ( y sigue suponiendo) la difusión de instalaciones
logísticas y bases militares estadounidenses y de la OTAN en toda Europa.
Aunque sólo sea por poner un ejemplo, consideremos, a tal
respecto, el caso emblemático de Italia, donde se cuentan, entre bases e
instalaciones militares de distinto género, directa o indirectamente ligadas a
los EUA y a la OTAN,
hasta un centenar (12).
Las “medidas de acompañamiento” que
sustancialmente limitan la soberanía nacional de Italia, vinculándola
fuertemente, en el plano militar, al sistema geopolítico occidental guiado por
los EUA son, al menos cuatro:
1) el Bilateral Infrastructure Agreement (BIA) o Acuerdo Secreto USA-Italia del 20 de Octubre
de 1954. El acuerdo, firmado por el ministro Scelba y por la embajadora
estadounidense Clare Booth Luce, no ha sido sometido nunca a la verificación o
a la ratificación del Parlamento italiano;
2) el Acuerdo bilateral Italia-USA
del 16 de Septiembre de 1972;
3) el Memorandum de Entendimiento USA-Italia (Shell Agreement)
del 2 de Febrero de 1995;
4) el Acuerdo Secreto ‘Stone Ax’ , estipulado en los años
‘50/’60 y renovado después del 11 de Septiembre de 2001.
A estos acuerdos, obviamente, hay
que añadir también:
a)
las cláusulas secretas contenidas en la Convención de Armisticio del 3 de Septiembre de
1943;
b) las cláusulas
secretas del Tratado de Paz impuesto a Italia el 10 de Febrero de 1947;
c) el Tratado
OTAN, firmado en Washington el 4 de Abril de 1949, y que entró en vigor el
1º de Agosto de 1949.
En referencia al tercer carácter mencionado (la agresividad
de la OTAN),
observamos que resulta claro y manifiesto si se considera la articulada
estrategia puesta sobre el terreno por los EUA, al término de la Segunda Guerra
Mundial, con el fin de una auténtica hegemonía (13) a nivel mundial.
Tal estrategia se compone de dos dispositivos geopolíticos
diferentes (14). El primero, basado fundamentalmente en mecanismos económicos,
se refiere esencialmente a:
el ERP, l’European Recovery Program, más conocido
como Plan Marshall (1947), debido al nombre del
entonces secretario de Estado, George Marshall. Mediante el Plan de reconstrucción
de Europa occidental, Washington condicionó, tal y como observan los
geopolíticos franceses Chauprade y
Thual, la integración económica europea en un espacio
económico controlado por ellos;
-el GATT, Acuerdo
General sobre las Tarifas y el Comercio (1947) para favorecer la liberalización
del comercio mundial erosionando las prerrogativas nacionales;
- el Banco Mundial (1945).
El otro dispositivo, diplomático y militar, comprendía más
allá de la OTAN
(1949):
- el Pacto de Bagdad, que luego
se convirtió en el Pacto CENTO (Central Treaty Organization) (1959), después
de la salida de Irak en 1958;
- el Pacto de Manila o SEATO (South East Asia Treaty Organization) de 1954;
- el Pacto Tripartito de Seguridad
entre Australia, Nueva Zelanda y EUA, conocido con el acrónimo ANZUS, de 1951.
En tal estrategia es evidente la función de la OTAN como elemento de tutela
militar en Europa occidental y mediterránea (15) y de presión hacia las
fronteras occidental y meridional de la Unión Soviética.
La voluntad estadounidense de una guarnición militar en Europa, surge también
de la conocida afirmación del presidente Roosevelt, según la cual el Rin tenía
que ser considerado como la frontera oriental de los EUA (16).
La
OTAN
constituye, desde su creación, una malla específica de la red estadounidense
para cercar toda la masa eurasiática. La aplicación de la teoría del containment (un eufemismo retórico que
ha enmascarado, en el periodo de la Guerra Fría, el cerco geoestratégico de Eurasia)
en realidad era un claro acto de prepotencia militar y diplomática dirigido por
los EUA contra la URSS
y, además, una advertencia amenazante a las otras naciones asiáticas y
mediterráneas. El carácter agresivo del Pacto atlántico se ha manifestado, en
los últimos años, con la ampliación (otro eufemismo que pretendería ocultar el
carácter expansionista de los EUA) de su organización hacia Europa oriental y
las Repúblicas centroasiáticas.
El Pacto antieuropeo y
antieurasiático en el nuevo sistema multipolar
El Pacto atlántico se configura, por tanto, como una alianza
hegemónica, antieuropea y anti-rusa en el periodo del bipolarismo; y anti-eurasiática,
después del hundimiento de la Unión Soviética.
Antieuropea, porque con su presencia ha impedido la
constitución de un ejército europeo y ha contribuido a la larga ocupación
estadounidense del Viejo Continente; anti-eurasiática, porque ha impuesto a
Europa occidental el conocido papel de “cabeza de puente”, construida en el
continente eurasiático, en función de las miras estadounidenses para el dominio
mundial.
En los albores del nuevo sistema multipolar, sin embargo, el
dispositivo estadounidense parece obsoleto: la malla de una red (por otra
parte, cada vez más deshilachada) que no logra “contener” eficazmente (17) la
fuerza de las Naciones asiáticas emergentes y su derecho, durante mucho tiempo
conculcado, de determinar su propio destino. Con la presencia, en la política
mundial, de naciones cada vez más determinadas y de dimensiones continentales
como Rusia, China, India y Brasil, los intereses nacionales específicos de los
pueblos europeos muestran, una vez más, su falta de influencia en el plano
geopolítico y, sobre todo, la innatural posición de Europa en el campo
occidental. La conciencia de la propia falta de influencia geopolítica llevará
a los europeos, tarde o temprano, a comprender que su participación en la Alianza Atlántica
es un vínculo que podría alejarlos de sus propios intereses mediterráneos y
asiáticos.
Si Europa quiere participar como protagonista en el nuevo
sistema multipolar debe, lo más pronto posible, salir de las sofocantes y
limitativas lógicas nacionales que la dividen y reconocer que constituye el
componente occidental del espacio geopolítico eurasiático. Moscú, Nueva Delhi y
Pekín no esperan otra cosa.
La asunción de una clara visión geopolítica impone a los europeos,
para salvaguardar sus propios intereses económicos, militares, políticos y
culturales, la reivindicación de una inédita soberanía continental que puede
ser alcanzada sólo a partir de la denuncia de la OTAN como instrumento de
dominio de los EUA y de la contextual creación de una fuerza armada europea.
Traducido por Javier Estrada
*Tiberio Graziani (direzione@
eurasia-rivista.org) es director de la revista italiana de estudios
geopolíticos Eurasia (www.eurasia-rivista.org). Asimismo, se ha
encargado de la realización de los libros entrevista Serbia, trincea d'Europa –
intervista a Dragos Kalajic e Iraq, trincea d'Eurasia – intervista a Padre
Jean-Marie Benjamin (Edizioni all'insegna del Veltro). Dirige, además, para la
misma casa editorial, la colección "Quaderni di geopolitica".
1. Para un tratamiento de la teoría contemporánea de
las alianzas nos remitimos a Marco Cesa, Teorie
delle alleanze, in “Quaderni di scienza politica”, II, 2, 1995, pp. 201/283.
2. Alessandro Colombo, La lunga alleanza. La Nato
tra consolidamento, supremazia e crisi, Franco Angeli- Ispi,
Milano 2001. A
. Colombo, muy agudamente, identifica en tres razones la desconsolante ambigüedad
histórica y semántica del término alianza. La primera residiría en la
“enorme variedad de las formas históricas de alianza: variedad en el tipo de
compromisos, en su formalización, en su duración y en sus objetivos” (p.25); la
segunda, que refleja parcialmente la primera, consiste en la “extrema variedad
de los términos y de las metáforas con las cuales, en el curso de la historia,
estos acuerdos se han expresado” (p.26); la tercera, finalmente está ligada,
según el estudioso, al “deslizamiento semántico” por el cual “la entonación
eufemística de la cultura política del último siglo no podía evitar (…) el
fenómeno de las alianzas” (p.26). La ambigüedad a la que se refiere Colombo, a
nuestro juicio, permanece también en el ámbito, ciertamente más riguroso por lo
menos en el plano formal, del derecho internacional, por el cual el acuerdo de
alianza considera un compromiso exclusivamente recíproco entre dos o más Estados.
3. Antonio Zischka, Le alleanze dell’Inghilterra,
Casa editrice mediterranea, Roma 1941-XIX, p. 41. Para Johann von Leers,
que está de acuerdo con Zischka acerca de la valoración de la insularidad en
función de la política de poder llevada a cabo por los ingleses, en
cambio, Inglaterra se habría emancipado
de la masa continental europea en la época de la invasión normanda. Escribe, de
hecho, el autor alemán, “Desde el momento en que los Normandos tomaron posesión
de las islas británicas, la política exterior que partía de allí cambió
completamente. Los Anglosajones sólo se habían defendido contra los ataques que
partían del Continente. Los Normandos, en cambio, se sirvieron de Inglaterra
como base para reprimir a las potencias continentales. Fueron los primeros en
valorar la insularidad inglesa, la ventaja de estar en una tierra sin vecinos e
inatacable, como política de poder”, L’Inghilterra, l’avversario del
continente europeo, Edizioni all’insegna del Veltro, Parma 2005.
4. Antonio Zischka, op.
cit., p. 50.
5. Antonio Zischka, op.
cit., p. 53.
6. Se hace referencia a los encuentros que tuvieron
lugar en Francia en Noviembre de 1938 y Febrero de 1939, entre el embajador
estadounidense William Christian Bullitt
Jr. y los embajadores polacos Potocki e Lukasiewicz; relatado en Giselher Wirsing,
Roosevelt et l’Europe (Der Masslose
Kontinent), Grasset,
Paris s.d., ma 1942, p. 266.
7. “Geopolíticamente América es una isla distante del gran continente eurasiático”, así se expresa Henry Kissinger, L’arte della
diplomazia, Sperling & Kupfer
Editori, Milano 2006, pp.634/635
8.
Bernard Guillerez, L’Otan, instrument de la puissance américaine, en
“Revue Française de Géopolitique”, 1, 2003, p. 215.
9. El principio de las temporary
alliances es formulado
por George Washington en su Farewell address, el 19 de Septiembre de 1796. En
dicha ocasión, el primer presidente de los Estados Unidos afirmó: “Taking care always to keep
ourselves, by suitable establishments, on a respectably defensive posture, we may safely
trust to temporary alliances for extraordinary emergencies.” (Teniendo cuidado siempre de mantenernos, mediante los
acuerdos pertinentes, en una postura razonablemente defensiva, podemos confiar
con seguridad en alianzas temporales para emergencias extraordinarias).
10. La interpretación de la “posturas defensiva” está
directamente ligada al carácter insular de los EUA.
11. Para un tratamiento de las fuentes religiosas relativas
a la formación de la identidad nacional de los EUA, remitimos, entre otros, a: Chosen Peoples: Sacred Sources of National Identità, Oxford
University Press, New York 2002 y a Romolo Gobbi, America contro Europa,
MB Publishing, Milano 2002.
Sobre las relaciones entre excepcionalismo e imperialismo estadounidenses,
remitimos a Anders Stephanson,
Destino manifesto. L’espansionismo americano e l’Impero del Bene, Feltrinelli, Milano 2004.
12. Alberto B. Mariantoni, Dal “Mare Nostrum” al “Gallinarium Americanum”. Basi USA in Europa, Mediterraneo e Vicino Oriente,
en “Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, 3, 2005, pp. 81/94.
13. Sobre el término hegemonía aplicado a
la potencia estadounidense, Chalmers Jonson, denunciando su retórica, escribe:
“Algunos autores han empleado el concepto “hegemonía” para indicar un
imperialismo sin colonias; en la era de las “superpotencias” después de la Segunda Guerra
Mundial la hegemonía se convirtió en sinónimo de los “campos” occidental y
oriental. En este caso, el uso de conceptos adecuados se complica por la
tendencia de los Estados Unidos a acuñar eufemismos para la noción de
imperialismo, que hiciesen que su versión americana pareciese un poco más
inocua e inocente, al menos, a ojos de los ciudadanos de aquel país”, en The
Sorrows of Empire, London,
Verso 2004, p. 30, citado por Herfried Münkler, Imperi. Il dominio del mondo
dall’antica Roma agli Stati Uniti, Il Mulino,
Bologna 2008, p.66.
14. Aymeric
Chauprade, Francois Thual, Dictionnaire de Géopolitique, Ellipses, Paris
1999, pp. 148/149.
15. Hastings
Lionel Ismay, primer secretario de la
OTAN, a propósito de las
finalidades del Pacto, se expresó así: “to keep the Germans down,
the Russians out and the Americans in”.El objetivo principal de la OTAN, en referencia a Europa, por tanto, era el
de mantener la presencia americana en el territorio europeo, no el de
“defenderlo”.
16. Giselher Wirsing, op.cit., p. 266.
17. Zbigniew Brzezinski,
considerando que las nuevas realidades políticas globales parecen indicar el
declive de “Occidente”, considera que la “Comunidad
atlántica (tiene que) mostrarse abierta a una mayor participación por parte de
los países no europeos”. El politólogo y geo-estratega estadounidense prevé
una función de Japón (y también de Corea del Sur) en el ámbito de la OTAN, con el fin de que Tokio
esté aún más ligado a los intereses nacionales de los EUA. Zbigniew
Brzezinski, L’ultima chance,
Salerno editrice, Roma 2008, p. 150.