EUA, América del Sur y Brasil: seis tópicos para una
discusión
José Luís Fiori *
Septiembre 2009
1. En este
inicio del siglo XXI, está cada vez más claro que la disputa entre las grandes
potencias no acabó en 1991. Solamente se desaceleró – temporalmente – como es
de costumbre tras una gran guerra o una victoria contundente, como fue el caso
de la victoria norteamericana en la Guerra Fría. En esta ocasión, no hubo una
rendición explícita de los derrotados, ni un “acuerdo de paz” entre los
victoriosos, que consagrase un nuevo orden mundial, como ocurrió luego después
de la Segunda Guerra
Mundial. No había, en aquel momento, otra potencia con el poder y la capacidad
de negociar o limitar el arbitrio unilateral de Estados Unidos (EUA) y los
norteamericanos tampoco tenían disposición de negociar o limitar su nueva
posición de poder en el mundo.
La proyección internacional del poder americano comenzó
inmediatamente después de su independencia y se prolongó, de forma continua, a
través de los siglos XIX y XX. Mas fue sólo en la segunda mitad del siglo XX,
después de la “crisis de los 70´”, que los Estados Unidos adoptaron una
estrategia imperial explícita (1), que obtuvo una sólida victoria en 1991,
alimentando el sueño de un poder global absoluto o de un imperio mundial.
Después de 2001, esta estrategia victoriosa asumió una postura bélica y después
de 2004, enfrentó sucesivos reveses, que se sumaron a la expansión de China y
de India y al renacimiento de Alemania y Rusia, para traer de vuelta al centro
del sistema mundial, la competencia y los conflictos entre las grandes
potencias. Esta inflexión está asociada, en general, a las dificultades
estadounidenses en el Medio Oriente, y al fracaso de su “guerra global” contra
el terrorismo. Con todo, detrás de esta situación coyuntural, es posible
identificar también, un cambio estructural, a largo plazo, que también fue
provocado – en gran medida – por la proyección global del poder americano. En
este sentido, se puede decir que la política externa reciente de EUA, fue
responsable por dos guerras indefinidas, y por el fracaso de su proyecto para
el “Gran Oriente Medio”. Pero, al mismo tiempo, se puede decir que el
expansionismo americano también fue responsable – paradójicamente – por el
éxito económico de China y de India y de toda la economía mundial después de
2001, el mismo éxito que está fortaleciendo los competidores de EUA, dentro del
sistema interestatal. O sea, como ya vimos, la política expansiva de la
potencia hegemónica termina activando y profundizando las contradicciones del
sistema mundial, y fortaleciendo la resistencia de los Estados desafiados por
el avance de los EUA, pero al mismo tiempo, éstos se fortalecen con el éxito de
la economía americana. Es obvio, que estos cambios internacionales no son obra
exclusiva de EUA e implican decisiones y políticas de otros países y procesos
que están fuera del control norteamericano. Con todo, no hay duda de que el
expansionismo de largo aliento y los recientes reveses de los EUA tienen una
gran importancia para comprender la coyuntura internacional de este inicio del
siglo XXI. Es el aumento exponencial de la presión competitiva que está
alcanzando todas las regiones del mundo, alimentando disputas hegemónicas y
anunciando una nueva carrera imperialista entre las grandes potencias. En este
sentido, resumiendo: la expansión del poder americano después de la crisis de
los años 70 (XX) y en particular después de la Guerra Fría,
junto con su proyecto/proceso de globalización económica, encendió de nuevo la
lucha hegemónica entre los Estados y las economías nacionales en casi todas las
regiones del sistema interestatal capitalista. Por otro lado, los gobiernos
reafirman su papel en la vida económica, suben barreras proteccionistas y
asumen el mando de sus estrategias nacionales de desarrollo, con sus empresas y
sus “fondos soberanos”. Casi todos los países vuelven a regular sus mercados,
de una forma u otra, incluyendo el mercado financiero norteamericano. (2). Ya
no se habla de “regímenes” y “gobernabilidad mundial”, y no existe más consenso
sobre la “ética internacional”. (3).
2. En el caso de América
del Sur, el impacto de esta presión competitiva sistémica y global tiene
características particulares porque se trata de un Continente donde nunca hubo
una verdadera disputa hegemónica entre sus propios Estados nacionales. Primero,
fue colonia, y después de su independencia estuvo bajo la tutela anglo-sajona:
de Gran Bretaña hasta el final del siglo XIX, y de Estados Unidos hasta el
inicio del siglo XXI. (4).
Es estos dos siglos de vida independiente, las luchas
políticas y territoriales de Sudamérica nunca alcanzaron la intensidad, ni
tuvieron los mismos efectos que en Europa. Tampoco se formó, en el continente,
un sistema integrado y competitivo, de Estados y economías nacionales, como
ocurriría en Asia después de su descolonización. Como consecuencia, los Estados
latinoamericanos nunca ocuparon una posición importante en las grandes disputas
geopolíticas del sistema mundial y funcionaron durante todo el siglo XIX, como
una especie de laboratorio de experimentos del “imperialismo del libre
comercio”. Tras la
Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría,
los gobiernos sudamericanos se alinearon con Estados Unidos a excepción de Cuba
después de 1959 (5). Al terminar la Guerra Fría, durante la década de 1990, de nuevo,
la mayoría de los gobiernos de la región adhirieron a las políticas y reformas
neoliberales preconizadas por Estados Unidos. A partir de 2001, sin embargo, la
situación política del continente cambió con la victoria, en casi todos los
países de América del Sur, de fuerzas políticas nacionalistas, desarrollistas
(6) y socialistas. Con la gran novedad que esta inflexión hacia la izquierda
ocurre conjuntamente a un nuevo ciclo de crecimiento de la economía mundial.
Después de 2001, hubo una retomada del crecimiento económico, en todos los
países del continente suramericano, acompañando el ciclo expansivo de la
economía mundial. La novedad, en este nuevo ciclo de crecimiento suramericano
es el peso decisivo de la presión asiática sobre la economía continental. En
particular, China, que ha sido la gran compradora de las exportaciones
sudamericanas, sobre todo, minerales, energía y granos, y ha aumentado de forma
continuada sus exportaciones a la Región. A su vez los nuevos precios
internacionales de las commodities,
fortalecieron la capacidad fiscal de los Estados y están financiando políticas
de integración de infraestructura energética y de transportes del continente.
Además los nuevos precios de la energía y de los minerales
permitieron la formación de reservas en monedas fuertes, disminuyendo la
fragilidad externa de la
Región y aumentando su poder de resistencia y negociación
internacional. Así, las abundantes reservas en moneda fuerte de Venezuela, ya
le permitieron actuar, en dos oportunidades, como ‘prestamista’ in extremis
de Argentina y de Paraguay. De todo punto de vista, China está cumpliendo un
papel nuevo y fundamental en la economía suramericana, aunque no es probable
que se involucre en la geopolítica Regional. Lo que sí es importante es que
este ciclo de expansión de la economía mundial ha presionado a las economías
suramericanas y ha fortalecido sus Estados nacionales. Ya no se puede escapar
de la concurrencia y al mismo tiempo, el éxito económico coyuntural está
potenciando el poder interno y externo de estos Estados. Llega al final, la
larga ‘adolescencia asistida’ de América del Sur, pero el precio de este
cambio, a mediano plazo, debe ser el aumento de conflictos dentro de la propia
Región y el incremento de la competencia hegemónica entre Brasil y Estados
Unidos, por la supremacía en América del Sur. A no ser que Brasil opte y luche
para mantenerse en la condición de “socio menor” dentro del espacio hegemónico,
y dentro del “territorio económico supranacional” de los Estados Unidos,
siguiendo el camino de Canadá y México en Norteamérica.
3. En el caso de Brasil, su
pasado pesa fuertemente sobre su posición futura, porque se trata de un país
que nunca tuvo características expansivas, nunca disputó la hegemonía de
América del Sur con Gran Bretaña o Estados Unidos. Después de 1850, Brasil no
enfrentó más guerras civiles ni amenazas de división interna, y tras la Guerra de Paraguay, en la
década de 1860, Brasil tuvo apenas una participación puntual, en Italia,
durante la Segunda
Guerra Mundial y algunas participaciones posteriores en
fuerzas de paz de las Naciones Unidas y la OEA. Su relación con sus vecinos de América del
Sur, después de 1870, fue siempre pacífica e de baja competitividad o
integración política y económica, y durante todo el siglo XX, su posición
dentro del continente fue de socio auxiliar de la hegemonía continental de
Estados Unidos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Brasil no tuvo mayor
participación en la
Guerra Fría, pero a pesar de su alineamiento con Estados
Unidos, comenzó la práctica de una política externa un poco más autónoma, a
partir de la década de 60. En la década de 70, en particular durante el
gobierno del general Ernesto Geisel, Brasil se
propuso un proyecto de “potencia intermedia”, profundizando su estrategia
económica desarrollista, rompiendo su acuerdo militar con Estados Unidos,
ampliando sus relaciones afro-asiáticas y firmando un acuerdo atómico con
Alemania. Sin embargo, su crisis económica de los años 80 y el fin del régimen
militar desactivaron este proyecto que fue completamente olvidado en los años
90, cuando Brasil volvió a alinearse con Estados Unidos y su proyecto de
creación del ALCA. No obstante, recientemente, después de 2002, la política
externa brasileña mudó de rumbo y asumió una posición más agresiva de
afirmación suramericana e internacional, de los intereses y del liderazgo
brasileño. Así ocurre con la prioridad que se le está dando a la integración
suramericana y al estrechamiento de las relaciones con algunos países de África
y Asia, en particular, China, India y África del Sur. Sin embargo, Brasil
todavía enfrenta limitaciones importantes para expandir su poder internacional:
primero, debido a su no reconocimiento estratégico de la existencia de un
competidor o adversario en la lucha por la hegemonía suramericana, por el
simple hecho de que este competidor responde por el nombre de Estados Unidos de
América; en segundo lugar, debido a la falta de organización estratégica de su
crecimiento económico, que por esta razón, fue muy bajo en las dos últimas
décadas; debido a la baja capacidad de coordinación de sus inversiones públicas
y privadas fuera de Brasil, en particular, en América del Sur; y por fin,
debido a la fuerza política, dentro de las elites brasileñas, y del mismo establishment de su política externa, de la
posición favorable al mantenimiento de Brasil como socio menor dentro del
espacio hegemónico norteamericano y dentro del “territorio económico
supranacional” de Estados Unidos.
4. Con relación a la
posición norteamericana dentro del hemisferio, hay que prestar atención en sus
elecciones presidenciales de 2008, porque éstas forman parte de un proceso de
re-alineamiento de la estrategia internacional de Estados Unidos. Este proceso
deberá tomar algunos años, pero es poco probable que Estados Unidos abdique de
los tres “derechos de intervención” – auto-atribuidos – que orientaron su
política hemisférica durante el siglo
XX: i. En caso de “amenaza externa”; ii. En caso de
“desorden económica”; y iii. En caso de “amenaza a la buena democracia”. En el
periodo de la
Guerra Fría, los Estados Unidos patrocinaron en todo el
continente, guerras civiles, intervenciones militares y regímenes dictatoriales
contra un supuesto “enemigo externo”. Después del fin de la Guerra Fría,
patrocinaron en los mismos países, intervenciones financieras y reformas
económicas neoliberales para combatir un supuesto “desorden económico interno”
y garantizar el cumplimiento de los compromisos financieros internacionales de
América Latina. Finalmente, a partir de 2001, Estados Unidos han incentivado
claramente a las fuerzas políticas conservadoras y a la opinión pública contra
los gobiernos que ellos llaman “populistas autoritarios” y que serían una
amenaza para la democracia.
5. En esta encrucijada
norteamericana, es interesante recordar y reflexionar sobre los grandes
principios que orientaron la política externa de Estados Unidos con relación a
América Latina en la segunda mitad del siglo XX. Estos principios fueron formulados
por el principal geo-estratega estadounidense del
siglo XX, nacido en Ámsterdam en 1893, y muerto en Estados Unidos, en 1943,
Nicholas Spykman. Murió todavía joven, a los 49 años
y dejó sólo dos libros sobre política externa norteamericana: el primero, America’s Strategy in
World Politics, publicado en 1942 y el segundo, The Geography of the Peace, publicado un
año después de su muerte, en 1944. Dos libros que se transformaron en la piedra
angular del pensamiento estratégico estadounidense de toda la segunda mitad del
siglo XX y del inicio del siglo XXI. Llama la atención el gran espacio dedicado
a la discusión de América Latina y en particular, a la “lucha por América del
Sur”. Spykman parte de una separación radical entre la América anglosajona
y la América
de los latinos. En sus palabras, “las tierras situadas al sur del Río Grande
constituyen un mundo diferente a Canadá y Estados Unidos. Y es desafortunado
que las partes de habla inglesa y latina del continente se llamen ambas
América, evocando una similitud entre ellas que de hecho no existe” (p. 46)
(7). En seguida, propone dividir el “mundo latino” en dos Regiones, del punto
de vista de la estrategia americana, en el subcontinente: una primera,
“mediterránea”, que incluiría a México, América Central y el Caribe además de
Colombia y Venezuela; y una segunda, que incluiría a toda América del Sur al
sur de Colombia y Venezuela. Hecha esta separación geopolítica, Spykman define a “América Mediterránea como una zona en la
que la supremacía de Estados Unidos no puede ser cuestionada. En cualquier
circunstancia se trata de un mar cerrado cuyas llaves pertenecen a Estados
Unidos, lo que significa que México, Colombia y Venezuela (por ser incapaces de
transformarse en grandes potencias), estarán siempre en una posición de
absoluta dependencia de Estados Unidos” (p. 60). En consecuencia, cualquier
amenaza a la hegemonía americana en América Latina vendrá del sur, en
particular de Argentina, Brasil y Chile, la “Región del ABC”. En palabras del
propio Spykman: “para nuestros vecinos al sur del Río
Grande, los norteamericanos seremos siempre el “Coloso del Norte”, lo que
significa un peligro, en el mundo del poder político. Por esto, los
países situados fuera de nuestra zona inmediata de supremacía, o sea, los
grandes Estados de América del Sur (Argentina, Brasil y Chile) pueden tentar
contra-balancear nuestro poder a través de una acción común o a través del uso
de influencias externas al hemisferio” (p. 64). En este caso, concluye: “una
amenaza a la hegemonía americana en esta Región del hemisferio (la Región del ABC)
tendrá que ser contestada a través de la guerra” (p. 62). Lo más interesante es
que si estos análisis, previsiones y advertencias no hubiesen sido hechos por
Nicholas Spykman, parecerían fanfarronadas de alguno
de estos populistas latinoamericanos que inventan enemigos externos y que se
multiplican como hongos, según la idiotez conservadora.
6. Después de Nicholas Spykman, Henry Kissinger fue el intelectual que ocupó la
posición más importante en la formulación e implementación de la política
externa norteamericana en las décadas de 1960 a 1970. Tuvo una participación decisiva en
la vida política interna de América del Sur. Basta leer los documentos
oficiales americanos que ya están disponibles, y las distintas investigaciones
periodísticas y académicas que apuntan para el envolvimiento directo del ex
Secretario de Estado estadounidense, con la preparación y ejecución de los
violentos golpes militares que derrocaron los gobiernos elegidos de Uruguay y
Chile en 1973 y de Argentina en 1976. Además, existen innumerables procesos
judiciales – en varios países –(8) involucrando Henry
Kissinger con la operación Cóndor, (9) que integró los servicios de
inteligencia de las Fuerzas Armadas de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y
Uruguay, para secuestrar, torturar y asesinar personalidades políticas de
oposición. Siempre causó perplejidad entre los analistas, el apoyo de Kissinger
y de la diplomacia americana a estas “intervenciones militares” que se caracterizaron
por su extraordinaria truculencia. Aunque no es difícil entender lo que
ocurrió, cuando se examinan los intereses estratégicos de Estados Unidos y su
defensa en América del Sur desde la perspectiva de largo plazo trazada por Spkyman, en 1942. Spykman definió
el continente americano, del punto de vista geopolítico, como primera y última
línea de defensa de la hegemonía mundial de Estados Unidos. Dentro de este
hemisferio, consideraba improbable que surgiera un desafío directo a la
supremacía de Estados Unidos, en la “América Mediterránea”, en la que incluía
México, América Central y el Caribe, pero también a Colombia y Venezuela. No
obstante, consideraba que podría surgir un desafío de esta naturaleza, en la Región del ABC, en
el Cono Sur de América. En este caso, consideraba inevitable el recurso a la
guerra. La sigla ABC se refiere a Argentina, Brasil y Chile, pero la Región del ABC
incluye también el territorio de Uruguay y Paraguay, incluyendo exactamente los
mismos cinco países que estuvieron involucrados en la operación Cóndor. En este
sentido, se puede decir que Henry Kissinger siguió rigurosamente las
recomendaciones de Nicholas Spykman con relación al
control de esta Región geopolítica. Su única contribución personal, fue la
substitución de la “guerra externa”, propuesta por Spykman,
por la “guerra interna” de las Fuerzas Armadas locales contra sectores de sus
propias poblaciones nacionales. Incluso en este punto, Kissinger no fue
original: recurrió al método que había sido utilizado por los británicos, en la India, durante 200 años, y
en todos los lugares en los que Gran Bretaña dominó Estados débiles, utilizando
sus clases dominantes (elites) divididas y subalternas, para controlar a sus
propias poblaciones locales. En las décadas de 80 y 90, Henry Kissinger se
alejó de la diplomacia directa pero mantuvo su influencia personal e
intelectual sobre el establishment americano
y las elites conservadoras suramericanas. En 2001, publicó un libro sobre el
futuro geopolítico y sobre la defensa de intereses americanos alrededor del
mundo. (10).
Con relación a América del Sur, el autor atenuó la forma
pero mantuvo el “espíritu” de Spykman: según
Kissinger, América del Sur sigue siendo esencial para los intereses americanos,
y debe ser mantenida bajo la hegemonía de Estados Unidos. Sólo que hoy, la
amenaza a esta hegemonía, ya no viene de Alemania, ni de la Unión Soviética,
viene de dentro del propio continente. En el plano económico, la amenaza viene
de los proyectos de integración
Regional que excluyan o se opongan al ALCA. En el plano
político, viene de los populismos y nacionalismos que están renaciendo en el
continente. DEP
Traducción: Soledad
Rojas
* Universidad Federal de
Río de Janeiro (UFRJ).
(1) El gobierno Reagan combinó el mesianismo anticomunista
de Carter con el liberalismo económico de Nixon, proponiéndose eliminar a la Unión Soviética
y construir un nuevo orden político y económico mundial, bajo el mando
incuestionable de Estados Unidos. Hoy está claro que esta estrategia adoptada
en la década de 1980 bajo el liderazgo de Estados Unidos y Gran Bretaña,
aceleró la brusca transformación en la organización y funcionamiento del
sistema mundial que estaba en pie en las dos décadas precedentes. Poco a poco,
el sistema mundial fue dejando para atrás un modelo “regulado” de “gobernanza global” liderado por la hegemonía benevolente de
Estados Unidos y fue desplazándose hacia un nuevo orden mundial con
características más imperiales que hegemónicas”, en J. L. Fiori
(2004). “O poder global dos Estados Unidos: formação,
expansão e límites”. In:
J. L. Fiori (org.). O poder americano. Petrópolis:
Editora Vozes. p. 93 y 94.
(2). “Se levantan barreras nacionales hasta en la Internet, el símbolo del
mundo sin fronteras. Fue proyectada para permanecer fuera del alcance de los
gobiernos, transfiriendo poder para individuos u organizaciones privadas.
Ahora, bajo presión de Rusia, China y Arabia Saudita, la empresa americana que
distribuye domicilios en la
Internet está buscando la manera de poder usar los alfabetos de
sus lenguas maternas. Estamos asistiendo, paso a paso, a la balcanización de la Internet global. Está
transformándose en una serie de redes nacionales”, dice Tim Wu, profesor de
Derecho de la Universidad
de Columbia, en Nueva Cork, Bob Davis, “Neo-nacionalismo amenaza la
globalización”, The Wall Street Journal, reproducido en Valor Económico, 29 de Abril
de 2008.
(3). Carr, E. H. The
twenty years’ crisis, 1919/1939. N.Y.: Perennial. p. 150.
(4). En Agosto de 1823, el ministro de relaciones exteriores
británico, George Canning, le propuso al embajador americano en Londres,
Richard Rush, una Declaración conjunta, contra
cualquier “intervención externa” en América Latina. El Presidente James Monroe,
apoyado por su secretario de estado, John Quincy Adams,
declinó la oferta inglesa. Sin embargo, tres meses después, el propio Monroe le
propuso al Congreso Americano, una doctrina estratégica nacional casi idéntica
a la de la propuesta británica. Fue así que nació la “Doctrina Monroe”, el 2 de
Diciembre de 1823. Como era de esperarse, los europeos consideraron la Declaración de
Monroe impertinente y sin importancia, partiendo de un
Estado que todavía era irrelevante en el contexto internacional. Tenían razón:
basta registrar que Estados Unidos sólo reconoció las primeras independencias
latinoamericanas después de recibir el aval de Gran Bretaña, Francia y Rusia.
Incluso después del discurso de Monroe, se rehusaron a considerar el pedido de
intervención de los gobiernos independientes de Argentina, Brasil, Chile, Colombia
y México. Por eso, desde temprano, los europeos y los propios latinoamericanos
comprendieron que la
Doctrina Monroe había sido concebida y seria sustentada
durante casi todo el siglo XIX por la fuerza de la Marina y de los capitales
británicos.
(5). Después de 1991 y del fin de la Guerra Fría,
los Estados Unidos mantuvieron y ampliaron su ofensiva contra Cuba, a pesar de
mantener relaciones amistosas con Vietnam y China. En el auge de la crisis
económica, provocada por el fin de sus relaciones preferenciales con la
economía soviética, entre 1989 y 1993, los gobiernos de George Bush y Bill
Clinton trataron de hacer jaque mate a Cuba, prohibiendo a empresas
transnacionales norteamericanas, instaladas en el exterior, negociar con los
cubanos, y después imponiendo multas a empresas extranjeras que tuviesen
negocios con la isla, a través de la ley Helms-
Burton 1996.
(6). La elección de Fernando Lugo para Presidente de
Paraguay en 2008, fue una más de la serie de victorias de las fuerzas políticas
de izquierda, siguiendo las elecciones de Hugo Chávez, Luiz
Ignacio da Silva, Michelle Bachelet, Néstor y Cristina Kirchner, Tabaré Vázquez
y Rafael Correa. Este cambio político-electoral trajo de vuelta algunas fuerzas
descartadas durante la década neoliberal de 1990. Son ideas y políticas que se
remontan, de cierta manera, a la revolución mexicana y en particular al
programa del Presidente Lázaro Cárdenas adoptado en la década de 1930. Cárdenas
fue un nacionalista y su gobierno hizo una reforma radical, estatizó la
producción de petróleo, creó los primeros bancos estatales de desarrollo
industrial y de comercio exterior de América Latina, invirtió en la creación de
infraestructura, practicó políticas de industrialización y de protección al
mercado interno, implantó legislación laboral y adoptó una política externa
independiente y antiimperialista. Después de Cárdenas, este programa se
transformó en el denominador común de varios gobiernos latinoamericanos que en
general, no fueron socialistas ni siquiera de izquierda. Aún así, sus ideas,
políticas y posiciones internacionales se transformaron en una referencia
importante del pensamiento y de las fuerzas de izquierda latinoamericanas.
Basta recordar la revolución campesina boliviana de 1952, o el gobierno
democrático de izquierda de Jacobo Árbenz en
Guatemala, entre 1951 y 1954, la primera fase de la revolución cubana entre
1959 y 1962, y el gobierno militar reformista del General Velasco Alvarado en
Perú, entre 1968 y 1975. En 1970, estas ideas reaparecieron también en el
programa de gobierno de la unidad popular de Salvador Allende, que proponía una
radicalización del “modelo mexicano” con la aceleración de la reforma agraria y
la nacionalización de las empresas extranjeras productoras de cobre, al mismo
tiempo que defendía un “núcleo industrial estratégico”, de propiedad estatal,
que debería transformarse en el embrión de una futura economía socialista.
(7). Spykman, N. America’s strategy in world politics. New York: Harcourt,
Brace and Company, 1942.
(8). En Francia, Henry Kissinger fue llamado a deponer por
el juez Roger Lê Noire, en el
juicio sobre la muerte de ciudadanos franceses en el Operación Cóndor y bajo la
dictadura militar chilena. Lo mismo ocurrió en España, con la investigación del
juez Juan Guzmán, sobre la muerte del periodista americano Charles Horman bajo
la dictadura chilena. También en Argentina, donde Kissinger está bajo
investigación por el juez Rodolfo Canicoba, por estar
involucrado en la Operación Cóndor, así como en Washington, donde
existe un proceso en la corte federal con acusación contra Kissinger por haber
dado la orden de asesinar el General Schneider, Comandante en Jefe de las
Fuerzas Armadas chilenas en 1970.
(9). El interés sobre el asunto se reavivó recientemente,
con el libro del periodista Christopher Hitchens, The Trial of Henry Kissinger (2002), y por la reseña de Kenneth
Maxwell del libro de Meter Kornbluh, “The Pinochet file: a declassified
dossier on atrocity and accountability”, publicado en
la revista Foreign Affairs,
Diciembre 2003, sobre las relaciones de Kissinger con el régimen de
Augusto Pinochet, en particular, con el asesinato de Orlando Letelier,
en Washington, 1976.
(10). Kissinger, H. ¿Does America need a
foreign policy? Toward a diplomacy for the 21st century. New York: Simon&Schuster,
2001.